En efecto, las expectativas de Clinton en el Estado de Pensilvania, cuya composición social le es tan favorable (mucha clase media blanca y mucha gente jubilada con amas de casa al frente), han ido bajando desde unos quince puntos de ventaja hace un mes a una media que hace ya unos diez días era de menos de dos dígitos y el lunes parecía estar en torno a unos cinco puntos.
De hecho, de los siete últimos sondeos disponibles sólo uno, por el estrecho margen de un punto (el de PPP-D), encontró a Obama ganador y el consenso en torno al éxito de Hillary, que parecía haber detenido su declive, se completaba con una reflexión sobre cuál debería ser el tamaño de su victoria, porque, si resultara muy escueta o muy cercana al empate, debería obligarle a una reflexión final sobre si debe continuar o no en campaña.
No es lo mismo ganar que vencer y, menos aún, convencer y el problema es que Hillary parece incapaz de alterar cuatro datos tenaces: el número de delegados elegidos, la predilección de los votantes demócratas a nivel nacional, la capacidad para fidelizar a ese electorado demócrata y su condición de mejor candidato frente a John McCain en la decisiva elección de noviembre.
La esperanza de Clinton en la conducta del quinto de los delegados no elegidos en primarias (los 'superdelegados') no es del todo desdeñable, pero los medios americanos que han investigado cuál será tal han encontrado más bien pragmatismo que adhesión de principio e inquebrantable. Muy pocos de ellos, es cierto, tendrán en cuenta lo que haya la base demócrata en las primarias, pero muchos sí ponderarán qué eligieron en 'su' demarcación y, desde luego, quién será el mejor colocado frente a McCain.
Y en esto último hay ventaja para Barack Obama: de siete sondeos disponibles, McCain gana a Clinton en cuatro y pierde en tres, pero es derrotado por Obama en tres, empata en dos y gana en dos. Es poca diferencia, pero es alguna y es estable.





