Parece mentira que, a pesar de lo mucho que se publica (la mayoría de las publicaciones son de infame calidad), cada vez haya menos lectores, sobre todo, exigentes. Uno de los grandes placeres de la lectura no es leer, sino releer, sobre todo a los grandes clásicos. Por ejemplo, a las hermanas Bronté, Emilio Zola, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Balzac, Pérez Galdós, Blasco Ibáñez, León Tolstoi, etcétera. Quizás Miguel Delibes sea el último en seguir las huellas de sus antecesores con la maravillosa y postrera obra de 'El Hereje'.
Lo que no comprendo es cómo estas gigantescas obras se posterguen y que se olviden de todo lo bello y, a veces, sublime que encierran estos libros, hasta el extremo de mostrar el mínimo interés por los grandes clásicos.
En la actualidad, las obras eximias se siguen vendiendo masivamente, sobre todo si son de un autor que venga precedido de gran fama. Sucede que la mayoría de los compradores les echan un vistazo para poder opinar ante sus amigos.
Me creo que son muy pocos los asturianos que han leído 'La Regenta' o a Pérez de Ayala. Alegan que no tienen tiempo, porque la lectura de un buen libro les quita horas para ver la televisión. ¿Qué pena!
Los jóvenes leen muy poco, son generaciones absorbidas totalmente por los últimos adelantos tecnológicos y también suelen ser insensibles a la gran belleza que encierran los libros.
Sería una tarea muy noble despertarles esa sensibilidad, una tarea que tendrían que compartir a partes iguales los padres en el hogar y los profesores en la escuela.
Es una pena que entre las lecturas infantiles obligatorias la mayoría sean pésimas. Los niños de tres a siete años deben leer cuentos infantiles al estilo de los hermanos Grimm, Perrault, Andersen, Gloría Fuertes, etcétera.
Oscar Wilde decía: «Si podéis disfrutar leyendo un libro repetidas veces, de nada sirve leerlo una sola vez».





