
Llegó con su esposa y uno de sus dos hijos y nunca ha querido volver a irse. Forma parte este catedrático de Química Orgánica del nutridísimo y excelente grupo de profesores que por los años 70 llegaron de Aragón para alimentar la recién nacida Facultad de Química. Aquí se hizo académicamente grande Vicente Gotor. Aquí creó su grupo de investigación y se construyó año a año y descubrimiento a descubrimiento un palmarés científico engordado con once patentes nacionales e internacionales, casi 300 publicaciones y un montón de reconocimientos fuera y dentro de las fronteras asturianas y españolas.
La investigación química le ha convertido en un referente en su campo y dicen los que le conocen que dentro de un aula, ya sea docente o investigadora, no distingue entre amigos y enemigos, que sólo mira los rendimientos y las horas de trabajo que cada cual está dispuesto a emplear. Claro que como todo gran stajanovista, el ejemplo lo aporta él mismo cuando ni los fines de semana son fiestas de guardar. Su nombre aporta prestigio pero trabajar con él, al igual que con otros grandes nombres de la Universidad de Oviedo tiene su precio.
Pero ése es sólo un aspecto de su proyección, si bien, a buen seguro, el más importante, el que le hizo coger peso e inspirar respeto en una comunidad tan singular como la universitaria. Sus críticos aseguran que su aspecto bonachón y entrañable engaña, pero lo cierto es que este hombre, que se encuentra en la recta final de su trabajo académico, cae bien e inspira la misma confianza que él mismo dice tener en los demás.
Vicente Gotor Santamaría llega al Rectorado convencido de que lo puede hacer bien, que es capaz de dejar en la puerta el despiste que le caracteriza y la afinidad con sus amigos, que ha alcanzado el Rectorado sin promesas ni ataduras y que va a escoger a los más capaces para ayudarle en la gestión. Porque si algo es Vicente Gotor es un hombre leal. Lo fue a Julio Rodríguez cuando le pidió en última instancia que afrontara una votación de Claustro que tenía perdida y lo fue también cuando vinieron malos tiempos tras el Rectorado.
Defiende a capa y espada su honradez y huye de esa imagen triste y adusta que transmite. Poco amigo de la risa que tanto delata a su predecesor, lucha denodadamente por convencer a quienes no le conocen demasiado de que no es una persona apagada, que se siente feliz y afortunado, y que su tendencia a no sonreír nada tiene que ver con su estado de ánimo.
Pero lo cierto es que su equipo de colaboradores le insisten permanentemente en que debe hacerlo, que su imagen ganaría enteros y su aceptación, volumen. Ahora inicia nueva etapa cargado de energía. Un etapa retadora, difícil, ilusionante e incierta. La guinda de un pastel que él, seguro, nunca creyó tan dulce.





