Por cierto que la confesión que acabo de hacerles la motivó otra que me hizo recientemente el siquiatra nipón establecido en la villa de Jovellanos y del PSOE que responde al nombre de Mikoko Taduro. El autor de obras ya clásicas como 'Egos descarriados' y 'Mi ego y yo', acababa de regresar de un congreso mundial de deontología cuando me comentó:
«En un descanso de las sesiones nos reunimos unos cuantos colegas y uno de ellos propuso que por una vez cambiáramos los roles para convertirnos en pacientes de una especie de terapia de grupo. Dicho y hecho. Comenzó un sicoanalista de Ohio, quien confesó que a veces alargaba los tratamientos de algunos pacientes ya curados a fin de sacarles la pasta gansa. El segundo aseguró que sentía unos deseos enormes de estrangular a clientes que le daban la tabarra horas y horas tendidos cómodamente sobre el sofá. Un tercero no se anduvo con tapujos a la hora de reconocer trapicheos con los visitadores médicos a la hora de recetar pastillas. El caso fue que cuando me llegó el turno me limité a decirles que jamás en mi vida había sido capaz de guardar un secreto. Así que desde entonces están a la espera de que les haga algún tipo de chantaje para no revelar los suyos. En ello me hallo».
Ya puesto, le tiré de la lengua para que se saltara a la torera su pretendida ética profesional y me contara alguna anécdota de sus pacientes:
«Da de ufno gomfulsi...».
Tuve que aflojar el tirón al órgano bucal para entenderle:
«La de uno compulsivamente metódico que organizaba su vida segundo a segundo y que requirió mi ayuda para librarse de tamaña obsesión. Para empezar, me dijo que se acostaba cuando las gallinas y se levantaba con el gallo; que trabajaba como un mulo de carga; que tenía hambre de lobo; que dormía como una marmota... No quise escuchar más y le recomendé a un amigo veterinario».
Visto el panorama, antes de acudir a la consulta del nipón piensen en aquello de que la locura todo lo cura.





