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AL AIRE
Confidencias
24.04.08 -

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EL deseo compulsivo de arrancarles una sonrisa es la razón primordial por la que soy incapaz de guardar el secreto prometido a las confidencias de las que me hacen partícipe algunos de los personajes protagonistas de aquesta columna.

Por cierto que la confesión que acabo de hacerles la motivó otra que me hizo recientemente el siquiatra nipón establecido en la villa de Jovellanos y del PSOE que responde al nombre de Mikoko Taduro. El autor de obras ya clásicas como 'Egos descarriados' y 'Mi ego y yo', acababa de regresar de un congreso mundial de deontología cuando me comentó:

«En un descanso de las sesiones nos reunimos unos cuantos colegas y uno de ellos propuso que por una vez cambiáramos los roles para convertirnos en pacientes de una especie de terapia de grupo. Dicho y hecho. Comenzó un sicoanalista de Ohio, quien confesó que a veces alargaba los tratamientos de algunos pacientes ya curados a fin de sacarles la pasta gansa. El segundo aseguró que sentía unos deseos enormes de estrangular a clientes que le daban la tabarra horas y horas tendidos cómodamente sobre el sofá. Un tercero no se anduvo con tapujos a la hora de reconocer trapicheos con los visitadores médicos a la hora de recetar pastillas. El caso fue que cuando me llegó el turno me limité a decirles que jamás en mi vida había sido capaz de guardar un secreto. Así que desde entonces están a la espera de que les haga algún tipo de chantaje para no revelar los suyos. En ello me hallo».

Ya puesto, le tiré de la lengua para que se saltara a la torera su pretendida ética profesional y me contara alguna anécdota de sus pacientes:

«Da de ufno gomfulsi...».

Tuve que aflojar el tirón al órgano bucal para entenderle:

«La de uno compulsivamente metódico que organizaba su vida segundo a segundo y que requirió mi ayuda para librarse de tamaña obsesión. Para empezar, me dijo que se acostaba cuando las gallinas y se levantaba con el gallo; que trabajaba como un mulo de carga; que tenía hambre de lobo; que dormía como una marmota... No quise escuchar más y le recomendé a un amigo veterinario».

Visto el panorama, antes de acudir a la consulta del nipón piensen en aquello de que la locura todo lo cura.

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