
Algo ha pasado en Pensilvania. Durante el parón de siete semanas que precedió a estas primarias los aspirantes se volvieron progresivamente hostiles, y con ellos sus seguidores. El resabio de esos ataques se manifestó el martes en Filadelfia, donde seguidores de Clinton y Barack Obama se enfrentaron desde ambos lados de la calle a gritos e insultos, separados sólo por barreras de policías para que la trifulca no llegase a las manos. Ocurrió primero en la calle Market, junto al emblemático edificio del Ayuntamiento, y por la noche a las puertas de otro no menos histórico, el que alberga al hotel Hyatt donde la ex primera dama celebró su victoria. Ayer todavía los carteles de 'Toca el claxon por Hillary' contaminaban el barullo urbano y provocaban altercados entre los conductores. Si unos meses atrás los partidarios de ambos prometían unirse en torno a quien ganase la nominación, ahora nada está más lejos de la realidad. Según las encuestas a pie de urna del estado por el que pasa el camino hacia el 1.600 de la avenida Pensilvania (dirección de la Casa Blanca), sólo la mitad de los demócratas católicos que van misa estarían dispuestos a votar por Obama en noviembre. El 25% lo haría por McCain y el otro 25% se quedaría en casa.
Lucha enconada
En la calle esos sondeos cobraban voz propia y revelaban lo enconada de esta lucha pasional. «¿De ninguna manera!», clamaba Shug Davis, una voluntaria de Clinton. «Obama es todo labia. Al principio me caía bien pero ahora me doy cuenta de que no es más que un oportunista político. Yo no votaría nunca por él, y muchos, muchos de los seguidores de Hillary piensan los mismo». Enfrentada a tal posibilidad, esta mujer anuncia solemne que se abstendría de votar, aunque eso le dé la victoria al candidato republicano.
Para Shug, Hillary es casi una experiencia religiosa. «Estaba a su favor desde el día que anunció su candidatura, pero el mes pasado me tropecé con ella por la calle. Me miró a los ojos y me dijo: necesito tu ayuda. Dejé el trabajo y me puse a trabajar por ella doce horas diarias. Me levanto y me acuesto viendo los análisis políticos por televisión, es todo lo que hago».
Menos radical pero igual de convencida, Jill Soubel, de 30 años, decía que tendría que pensárselo «mucho» antes de votar por Obama. «No creo que pueda ganar y si lo hiciera sería un desastre. Dejaría tan mal a las minorías que ya no habría más oportunidades para mujeres o negros. Sé que McCain es republicano, pero creo que lo haría mejor. Por lo menos no empeoraría las cosas más de lo que están», sentencia.
Después de haber aguantado la presión de ser joven y no estar con Obama, al que considera una moda ideológica, Jill está dispuesta a aguantar el tirón de votar por McCain si el afroamericano es su única opción demócrata.
En la calle, donde los votantes de Obama se habían quedado sin celebración, las pasiones no eran menos enconadas. «Antes que por Hillary voto por el tercer partido» (el de Ralph Nader, cuya candidatura 'verde' le costó las elecciones a Al Gore en 2000), dice un simpatizante del senador de Illinois. «En el fondo de su corazón Hillary quería esta guerra, no hay más que ver el tiempo que le tomó declararse en contra. Es un escándalo decirlo, pero puede que John McCain sea mejor: su actitud belicista podría asustar a Irán. Si le arrebatan las elecciones a Obama el Partido Demócrata merece ser castigado, porque si Hillary gana perderán el Congreso en 2010. Despierta demasiadas antipatías», añadía otro.
Ignorancia mutua
En la noche que alargará la pelea hasta que Dakota del Sur y Montana bajen el telón el 7 de junio, ambos candidatos decidieron ignorarse.
Obama, que se marchó a Illinois antes de que cerraran las urnas, seguro de su derrota, sólo mencionó una vez a Hillary -para felicitarla por su victoria-, en comparación a las siete que se refirió a McCain. Su presidencia, advirtió, supondría «más de lo mismo», mientras que la suya es la del cambio verdadero. «En esta campaña todos hemos aprendido lo que mi mujer me recuerda constantemente, que no soy perfecto», dijo admitiendo implícitamente los errores que le han impedido dar jaque a la reina.
El mayor pasará a los anales políticos como el caso de la Pensilvania amargada, en referencia a unos comentarios hechos a puerta cerrada en San Francisco, donde dibujó a los pueblos de ese estado como gente amargada por la crisis económica que se ha «aferrado» por ello a las armas, a la religión y enfrentado a los inmigrantes.
El precio que ha pagado se puede leer en la radiografía que arrojaron las encuestas a pie de urna. Clinton se llevó el 58% de los propietarios de armas, el 59% de quienes van a misa los domingos y más del 70% de la Pensilvania rural. Su estrategia de arrinconar a Obama como un elitista de ciudad que no entiende la realidad de la clase obrera y rural funcionó.
Ella no comete errores. «Tenemos mucho trabajo por delante, pero si estáis listos, yo también», prometió a sus seguidores. «Puede que me tambalee y puede que me tumben, pero siempre que estéis conmigo me volveré a poner en pie».









