Pero, por más que sumen adjetivos contrarios a dicha fiesta los que se ponen con pancartas a la entrada de las plazas, los toreros no son unos cobardes. A mí me llevó una vez a los toros Ángel Vázquez, crítico taurino de este periódico. Apoyados en los tablones de la barrera, él miraba las faenas, y yo observaba de reojo la expresión de su cara: «Tienen poca fuerza», decía Ángel, mientras pasaba el animal a dos pasos de nosotros con el brío de una locomotora. Y las gargantas rugían arriba, mientras el torero, que debe de sentirse muy solo cuando está en la arena pidiendo que lo embistan, ponía cara de risa, como el gaitero de Gijón del verso de Campoamor. Risa por fuera, pero la procesión va por dentro; y la gente desde las gradas (llamo gradas, no tendido, en honor al circo romano) pide que se arrime, que se pare que les regalen la dicha de recibir un susto Un rito sangriento, al que la buena gente que acude llama afición. Pero, desde luego, el torero no es ningún cobarde.
Tampoco es ninguna cobarde la ministra Chacón. Ella se fue a visitar los espacios de la guerra el mismo día que murió Rosario Dinamitera: «Rosario, dinamitera, / sobre tu mano bonita / celaba la dinamita / sus atributos de fiera ». Habría que ponerles a muchos varones, que andan por la vida gritando su peso testicular, tres kilos en el vientre y una blusa que excluye el chaleco antibalas. Habría que ponerles a los más machos todos los posibles en las manos, y ver si los cambiaban, como la ministra, por sus tormentosos compromisos. Un ejército, donde pueden quedar los rescoldos de don Friolera. Y tener que soportar, ojalá que no, la mirada de una madre, de una esposa, de un hijo Esas miradas que traspasan el corazón, delante de un féretro.





