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Los valientes
24.04.08 -

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NO tienen por qué gustarnos todas las profesiones, pero, al menos, hay que reconocer los méritos de quien las ejerce. En cierta ocasión, me preguntaron si yo era antitaurino, y les dije que no, puesto que nada tengo contra los toros. En todo caso, pongo en duda que se le pueda llamar arte al juego desigual de la destreza de un animal bípedo, que por eso le llaman diestro, y el limitado comportamiento de un cuadrúpedo, al que la naturaleza no le ha dotado del mismo tamaño cerebral que su oponente. Creo, que para que el combate fuera más justo, a quien habría que aplomar antes de la corrida, como se dice que hacen con el toro, sería al torero, machacándole los costillares y dándole a tomar alguna droga para restarle fuerzas. Pero nada tengo, digo, contra los que aman estas reminiscencias del circo romano o modernas justas medievales. No tengo nada que reprochar, salvo esas monomanías de llamar fiesta nacional a lo que no se usa en algunos territorios, como Canarias, y provincias enteras que no tienen una sola plaza, o se están cayendo a pedazos, como la de Oviedo. Si ésa es la fiesta nacional, más de medio país puede cantar la canción de George Brassens: «El día de la fiesta nacional, me quedo en la cama: me da igual ».

Pero, por más que sumen adjetivos contrarios a dicha fiesta los que se ponen con pancartas a la entrada de las plazas, los toreros no son unos cobardes. A mí me llevó una vez a los toros Ángel Vázquez, crítico taurino de este periódico. Apoyados en los tablones de la barrera, él miraba las faenas, y yo observaba de reojo la expresión de su cara: «Tienen poca fuerza», decía Ángel, mientras pasaba el animal a dos pasos de nosotros con el brío de una locomotora. Y las gargantas rugían arriba, mientras el torero, que debe de sentirse muy solo cuando está en la arena pidiendo que lo embistan, ponía cara de risa, como el gaitero de Gijón del verso de Campoamor. Risa por fuera, pero la procesión va por dentro; y la gente desde las gradas (llamo gradas, no tendido, en honor al circo romano) pide que se arrime, que se pare que les regalen la dicha de recibir un susto Un rito sangriento, al que la buena gente que acude llama afición. Pero, desde luego, el torero no es ningún cobarde.

Tampoco es ninguna cobarde la ministra Chacón. Ella se fue a visitar los espacios de la guerra el mismo día que murió Rosario Dinamitera: «Rosario, dinamitera, / sobre tu mano bonita / celaba la dinamita / sus atributos de fiera ». Habría que ponerles a muchos varones, que andan por la vida gritando su peso testicular, tres kilos en el vientre y una blusa que excluye el chaleco antibalas. Habría que ponerles a los más machos todos los posibles en las manos, y ver si los cambiaban, como la ministra, por sus tormentosos compromisos. Un ejército, donde pueden quedar los rescoldos de don Friolera. Y tener que soportar, ojalá que no, la mirada de una madre, de una esposa, de un hijo Esas miradas que traspasan el corazón, delante de un féretro.

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