
Los técnicos de los equipos ajustaban ayer sobre las cubiertas de los camiones las enormes antenas. Los satélites comenzaron a trabajar y sus primeras conclusiones pusieron en guardia al 'paddock'. La posibilidad de lluvia el domingo en carrera es del 20%. Pero es un dato demasiado inconcreto en la F-1. No es suficiente. Los ingenieros no sólo necesitan saber si va a llover, sino también a qué hora y cuál será la temperatura, el viento y su dirección. Las escuderías, a las que suministran datos varias agencias meteorológicas y aeropuertos cercanos, manejan cada gran premio los promedios de precipitaciones de los últimos 30 años.
Expertos 'nadadores'
Si finalmente llueve en Montmeló -lo hará con plena seguridad el lunes-, la carrera no retratará a cada uno de sus participantes, sino que arrastrará a los pilotos a una especie de suerte dispar, en la que sólo sobrevivirán los más expertos 'nadadores'. Nadie quiere agua el domingo porque nadie quiere ver tampoco, en un año en el que han desaparecido las ayudas electrónicas, sus monoplazas estrellados.
De momento, hoy tendrán lugar los entrenamientos libres, un argumento para la especulación propagandística. Cuando favorecen se utilizan como una prueba. Cuando perjudican se relativizan. En cualquier caso, será una prueba de fuego para el R28. El monoplaza de Renault, que ayer ya lucía en el box el nuevo morro, la 'aleta de tiburón' y los tapacubos al estilo Ferrari -el nuevo amortiguador inercial permanece más oculto- deberá demostrar que ha dejado atrás, al menos parcialmente, algunos de sus vicios adquiridos, sobre todo en las entradas a curvas y en las rectas. Pero la lluvia podría tirar por tierra cualquier previsión y hacer del gran premio una carrera loca. Los meteorólogos siguen enviando datos a los equipos, mientras que los equipos siguen mirando al cielo.








