-Acaba de caéme ceniza del farias encima la chaqueta y vínome a la memoria un amiguín con el que salía a pescar calamares y chipirones. Llamábase Pepe'l Cenizu, pero el nombre no tenía ninguna relación con la mala suerte, sino con la anécdota que voy contate:
»Resulta que allá por el iniciu de la década de los ochenta del siglo pasau palmóla un compañeru de fatigues pesqueres, Ramonín Bocarratu, cuya última voluntad fue que se esparcieran sus cenices por la mar que-i había dao de comer. La familia del finau eligió el nuestru bote pa cumplir el rito de aventar los restos en el caladeru de mariscu donde solía faenar. Yo pilotaba la lancha, y al llegar al sitiu indicau, Pepe, con aire muy solemne, abrazó la urna funeraria con el brazu izquierdu mientres que con el dedu índice humedecidu de la mano derecha calculaba la dirección del viento pa lanzar el contenido. El casu fue que como el jodido Eolo soplaba en raches en todes les direcciones, Pepín hízome bogar varies veces hacia babor y estribor en busca de un sotavento imposible. El hombre miraba pa un lao y pal otru como si pudiera ver les ráfagues venir, hasta que en un momento de engañosa calma decidióse a lanzar les cenices, justo cuando una bocanada de nordeste les devolvió a cubierta y nos pusieron perdidos del difuntu Bocarratu. Fíjate cómo sería la cosa, que luego fuimos a tomar unes sidres a su salud en el más allá y no dejamos de sacudínos de cenices que aparecíen desde la boína hasta les botes de agua.
-¿Menuda memoria la suya! -exclamé por aquello de aportar algo personal a la columna.
-Depende pa qué, porque pa los pufos y les promeses de amor eternu siempre fui muy olvidadizu.





