Si bien no se trata del colosal Anfiteatro Flavio de Roma, los 135x104 metros de su perímetro externo y un aforo superior a los 20.000 espectadores hacen de la arena pompeyana un edificio de dimensiones respetables para una villa de provincias que estaba fundamentalmente destinada al veraneo. Pero, sobre todo, este anfiteatro construido hacia el 80 a.C., el más antiguo de los llegados hasta nosotros, obra el milagro de conservarse tal como era hace 1.929 años, cuando la erupción del Vesubio lo sepultó, junto con el resto de la ciudad, bajo lava volcánica envuelta de gases tóxicos.
Juro que casi me pareció oír en las gradas de aquel museo al aire libre, hoy vacías, el clamor de un público de otro tiempo, enardecido ante el espectáculo de la lucha de gladiadores. Lejos de pensar en la gloria y en los laureles de triunfo, preferí ponerme en el lugar de los que allí mismo combatieron por sobrevivir, en su mayoría prisioneros de guerra, esclavos y condenados a muerte: casi todos luchadores a su pesar. En la mayor parte de los casos ser gladiador significaba afrontar una pena capital aplazada. Aunque sabemos que sólo un 25% de los combates arbitrados acabasen en muerte, rara vez un gladiador llegaba a los treinta años.
Las condiciones de vida de los gladiadores no eran nada fáciles. Muchos de ellos, especialmente los nuevos, no soportaban la dureza del adiestramiento ni el miedo a una muerte violenta e indigna; se veían incapaces de afrontar las peleas como era debido a causa del estado de estrés continuo al que se veían abocados (¿recuerdan al escriba que, también en 'Gladiator', se orina encima instantes antes de saltar a la arena?). No pocos reclutas intentaban la huida, y a veces la presión era tal que algunos optaban por el suicidio. Los que no lograban evadirse o matarse eran luego encadenados por los pies y sometidos a una vigilancia constante, como a buen seguro sucedió con los diecisiete cadáveres hallados en el cuartel gladiatorio de Pompeya.





