
-¿Cómo fue su relación con J. M. D. B.?
-En nuestra relación yo siempre fui un cero a la izquierda. Siempre me dejaba sola y no contaba conmigo para hacer nada. Era una situación incómoda, porque vivía en casa de sus padres y ellos se metían en la relación. Sobre todo la madre influía mucho sobre su hijo.
-¿Cómo empezó todo?
-En junio de 2002 decidimos trasladarnos a Avilés después de que yo acabara mis estudios en Granada, donde vivía. Vinimos a Asturias porque su padre le encontró un trabajo y nuestra idea era comprar un piso. Se suponía que íbamos a vivir juntos. Mientras tanto, me ofreció vivir en casa de sus padres. En diciembre de ese año quedé en estado y la niña nació en setiembre de 2003. A principios de octubre fue cuando comenzamos a vivir en un piso de Llaranes aunque, como todo, la escritura estaba a nombre de él.
-¿Qué supuso ese cambio de domicilio?
-Más independencia para él. En casa de sus padres todavía se cortaba más, pero en cuanto comenzamos a vivir solos él comenzó a salir más. Aumentaron las broncas, la soledad porque yo no conocía a nadie. El mayor problema era el económico, no llegábamos a fin de mes porque el dinero de su pensión y el que ganaba en un trabajo no le llegaba para sus gastos. Él me exigía que me pusiera a trabajar, pero yo no podía porque tenía que hacerme cargo de la niña y de la casa.
-¿Hasta cuándo soportó esa situación?
-Hasta junio de 2004. Él me dijo que no estaba preparado para esto, y entonces fue la primera vez que me fui a Granada porque aquí no tenía a nadie. Allí me pasé el verano trabajando. No acordamos ningún régimen de visitas, ni se opuso nunca a que me hubiera ido. Un día le llamé, le dije que necesitaba dinero para pañales. Lo hice en realidad para que se responsabilizara un poco de la niña. Me dijo que retirara el dinero de una cuenta pero, cuando fui al banco, me dijeron que tenía un descubierto de 300 euros.
-¿Por qué volvió?
-En agosto, él bajó a pasar las vacaciones a Almuñecar y me pidió que volviera, me prometió que iba a cambiar. Yo le dije que no, que tenía que ver ese cambio y él regresó a Asturias. Pero en setiembre volvió para celebrar el cumpleaños de la niña. Me dijo que había mirado un piso. Para volver le puse como condición que todo debería cambiar, que quería vivir una relación de pareja normal. Pero en el piso, que compramos entre los dos, había que hacer reformas y volvimos a casa de sus padres. Fue volver a vivir lo mismo, hasta que al final me echaron.
-¿Por qué?
-En agosto de 2005, estando en Granada, me llamó desde Asturias para decirme que le había dado 300 euros a su hermano para su diversión personal. En vez de destinar el dinero a la niña, prefería destinarlo a sus gastos. Entonces decidí que se había acabado y que iba a dejar de obedecerle, porque mientras estuve en casa de sus padres siempre me encargué de los quehaceres del hogar, lo mínimo que se puede hacer cuando se vive en casa ajena. Regresé a Avilés, y cuando vio que yo ya no estaba bajo su mando, me echaron. Él me dijo «esto es lo que hay, si lo aceptas bien y si no ya te vas largando».
-¿Qué hizo entonces?
-Me fui al piso de La Toba, que estaba en obras. Primero fui yo sola, acondicioné una habitación y a los dos días me trasladé con mi hija. Me quedé tirada como una colilla, sin un duro, en la calle. Durante el tiempo que vivimos en Llaranes él me había animado a apuntarme a un equipo de fútbol femenino para desembarazarse de mí. Cuando me echaron, mi entrenadora, que entonces todavía lo era antes de ser mi pareja, me ofreció una habitación en su casa. Acepté. Luego surgió la ocasión de comenzar a trabajar en su empresa y surgió la relación.





