Y no está mal, recordar que las palabras están ahí, para hacernos pasar un buen momento, leyendo, y para algo más. Para no estancarnos en el desconocimiento de lo que nos rodea, para ser un poco más partícipes del entorno, pues el papel del lector no se queda en mero espectador pasmado, es un papel que crece sin ser visto, en la opinión del parecer, en la actuación en consecuencia o en contra de lo que se ha leído.
Y tampoco está mal que las palabras sean vistas como un par de tapas cosidas a un lomo, artesanalmente -buena cuenta de ello han dado en el CIDAN de Laviana, en el empeño por ir más allá de las meras palabras y mostrar el trabajo que lleva la encuadernación de uno de estos objetos que ponen nombre a tanta conmemoración-.
Pero a veces los libros, y con ellos las palabras, caen pesadamente de las manos, y tal vez provocan algún que otro golpe. Este mes, en los colegios, también se realizan actos que animan a los chavales a entrar en ese mundo que es la lectura. Y entran, pero difícil resulta escapar del otro mundo, del que supone problemas que hacen que la educación no triunfe, como tampoco triunfe la lectura, que al fin y al cabo van unidas.
La realidad sigue siendo, sí, que hay chavales que lo tienen muy difícil, a pesar del esfuerzo que se realiza en nombre mismo de esa educación, para llegar a disponer de una cultura suficiente que les permita ser espectadores implicados y críticos y no del mundo de los libros únicamente. Sobran algunas palabras y falta más esfuerzo para que a estas alturas de la historia la educación no sea tan sólo un trámite a modo de inventario.
No sobran los actos dedicados a los libros, pero tampoco sobra cualquier esfuerzo que se dedique a potenciar la educación: medios, y ahí entran precisamente entre otras cosas los libros, personal implicado realmente en no quedarse en las tapas y los lomos de las palabras. Éstas, a veces, tan sólo adornan.





