¿Acaso nos hallamos ante una excepción -epatante por lo excepcional- en la práctica de ese pecado capital (Oviedo) y nacional llamado envidia?
Le cedo la palabra:
«Excelente poeta por genes maternos y paternos, en prosa es casi capaz de hacer que desaparezca esa gran diferencia entre el lenguaje escrito y el hablado que hace que el primero no se hable y que el segundo no se escriba: Luis Antonio escribe como dios y habla como los ángeles.
Polígrafo competente para abordar con tino los temas más variopintos, como el premio de marras lo concede la Orden de los Caballeros del Sabadiego y lo hacen en una fermosa Noreña en plena celebración de la fiesta del sabadiego y del picadillo, aprovecho para referirme al premiado en su faceta gastronómica, que, unida a su vena poética, puede producir versos tan deliciosos como éstos dedicados al plato asturiano por antonomasia ('antoniomasia' en este caso):
'Pelres blanques que rellumen / durante'l remoyu previu, / y la cocción selequina / onde non importa el tiempu. / Sólo ximielgar les ases / del pote gruesu y fonderu, / pa que se explaye el compangu / y el caldo se mexa espesu. / La fabada ye una gloria. / La esencia de lo perfeuto. / Ye bona pa les arteries, / bona pal entendimientu, / da meyor suañu quel opiu, / rebaxa estreses y nervios, / al xoven failu más sabiu, / al vieyu da-i puxu nuevu. / ¿Si fasta en sos dixestiones/ resona a música el truenu!'...».
Como Farturo dejó la columna inconclusa, en un rapto de originalidad voy yo y exclamo:
¿Enhorabuena, entrañable Luis!
Y hasta me permito darte un consejo:
No te duermas en los laureles.
(«¿No, amiguín, eso jamás, entre otras razones, porque antes los usaría para aderezar algún rico guiso!», ahora sí concluyó Farturo).





