
No sé por qué digo todo esto, cuando lo que quería era establecer una humilde regla de los jardines, que últimamente me dan en qué pensar, y en ellos he visto, en su orden o en su desorden aparente, algo que preocupaba mucho a los antiguos: cómo todo lo que aprendemos ya lo sabíamos; cómo lo que descubrimos nuevo, existía ya viejo en nuestro recuerdo. Estas últimas semanas he andado por aquí y por allá de la Ceca a la Meca: en el concejo de Valdés, en Atenas y en Barcelona. Son las ventajas de las carreteras nuevas y de los vuelos chárter, además de los inconvenientes del laburo, por gastar el dialecto de los tangos, que te llevan de un lado para otro al aliento del azar y de la necesidad. En Valdés, en los despeñaderos que sobre el Chanu de L.luarca se abren al mar, visité el jardín coronado por una pirámide que Falo, y ya lleva doce años en el empeño, está diseñando meticulosamente; en Atenas, buscando una mejor vista de la Acrópolis, me fui buscando el Monte de las Ninfas y acabé, porque uno se pierde con facilidad, en la Colina de Filopapo o de las Musas, que aún no sé si será la misma que buscaba, lo que me alegró mucho al percatarme (uno, de estas cosas, siempre se da cuenta de repente) de que andaba a mi sazón por uno de esos escenarios venerables, al borde de la carretera que con sus vueltas llevaría a Tracia; comprendí que estaba en uno de esos bosques labrados que con tanta precisión describieron Apuleyo, en su 'Asno de oro', y Shakespeare, en su 'Sueño de una noche de verano'. Por lo que yo sé ni Apuleyo, que era de la Madaura cartaginesa, ni William Shakespeare estuvieron nunca en Atenas, y en Barcelona, que era donde yo ataba mis cabos el pasado Sant Jordi, comprendí, leyendo por encima 'El sueño de una noche de verano' comprado en uno de esos 'bouquinistes' de la nostalgia barcelonesa, lo mucho que habían atinado el inglés y el romano en la descripción de los olivos, los pinos, los mirtos y los laureles creando, a su albur, espacios donde es posible aprender la lección de la luz, que ilumina siempre creando sombras. Así que me levanté -estaba yo descansando en el Parc de la Ciudadella frente a una hermosísima acacia de Constantinopla, que los botánicos llaman Albrizia Jilibrissin en su latín y a la que los catalanes le ponen una coqueta 'à' en su tónica- y me fui a mis trabajos con la intención de que, en cuanto pudiese, habría de darle la vuelta al calcetín de mi memoria y mirar de ver una teoría del paisaje construido que se pudiese yo llevar a la práctica.
Me he documentado bastante, aunque todavía no he llegado a ninguna conclusión. Sobre la mesa de mi despacho, ya leído y entre otros cuantos sobre el tema, tengo el famoso libro de Robin Williams, 'El diseño de jardines y paisajismo', que me ha parecido útil pero un poco 'sïeso' (no sé si este adjetivo aparece en el DRAE, pero lo dicen en Andalucía con mucho acierto y con un hiato de gracia entre las dos vocales del diptongo para expresar que ni chicha ni limoná). De momento, mis conclusiones son prematuras y algo precarias en su argumentación: un jardín ha de tener un centro secreto sobre el que gira un artefacto de sentido cuya función, también secreta, es que en él broten voces distintas empeñadas en definir, contradictoriamente, la intacta esencia del mundo. Tal cosa es un poema, ya lo sé, y qué le voy a hacer: uno arrima como puede y le dejan el ascua a su sardina. Ahora la cosa (la 'cosa mentale', que decía Da Vinci) es saber si ese centro se crea al principio, premeditadamente, o se genera con el tiempo que todo lo construye. Yo ando en ello y de momento, a falta de certezas, me encuentro apenas con fábulas. Como aquella que se me ocurrió en Atenas -porque hay que inventar la vida aunque la vida nos invente a nosotros- hace una semana que parece ya un siglo si lo pienso: un jardinero trabaja durante años poniendo en hilera olivos, rizos de Dafne, laberintos de tomillo, bancales de rosas y oraciones a la diosa Deméter. Tras largos años de trabajo, en los que ha envejecido buscando aplicadamente la belleza, un día, camino del pozo del riego, descubre a una desconocida que huye, desnuda, hacia su secreto. La policía, con sus motos, llegó después, imponiendo el orden y la multa: pero una muchacha muy bella había tirado una piedra, restableciendo el equilibrio, en la diana del estanque.
A Xaime Priede,
por sus últimos libros





