«Un saltito, eh», larga irónico y burlón Flavio Briatore, el capitán de la tropa, rodeado de inmediato de cámaras, objetivos y libretas. El magnate italiano, que pretende ahora colaborar con el Real Madrid desde su Queens Park Rangers en la segunda inglesa, brinca orgulloso el baile del saltito. Hasta la fecha, Fernando Alonso había pilotado una coche-cafetera que presentaba agujeros cada día. Y si ayer fue segundo, habrá que convenir que el trabajo de los empleados de Renault en la sombra, en las fábricas, en los camiones-laboratorio, dio sus frutos en el escenario más apropiado. En España. En casa del piloto. Alonso regresó de sus penurias competitivas en un efecto sorpresa, una de esas intervenciones que convierten en inexplicable un deporte. O lo que sea la Fórmula-1. Pesimista y taciturno el viernes, exultante ayer, de brindis con el público de Montmeló al bajarse del coche.
Con poca gasolina
Al R28 le cambiaron el chasis en la noche del viernes al sábado, se incorporaron las mejoras previstas, se afanaron los ingenieros hasta la madrugada y el coche de Alonso y Piquet trabajaron con poca gasolina, al cálculo de una décima por cada diez litros de menos de combustible. Pero en esas coordenadas, en esos tirabuzones indigestos de la F-1, la realidad decretó otra sentencia. «No hay que tratar de entenderlo. Sólo disfrutarlo», se escuchó en voces veteranas y sabias.
Una gotera distrajo la normalidad de una tarde de clasificación en el garaje de Renault. Enorme imprevisto porque el agua caía justo a la espalda de uno de los ingenieros franceses que ayer brindaban en el idioma de Moliere. Ubicados en forma de pirámide, los expertos se dividen por clientes: tres ingenieros con Alonso y tres con Piquet. Seis ordenadores (uno para cada uno), tres pantallas de gráficas (una por barba) y cuatro televisores (tiempos -2-, la señal pública y el interior del garaje). Y por detrás, dos macro-jefes: Bob Bell y Dennis Chevier. Todos, con sus cascos personalizados, su misión concreta, su mundo de niveles y curvas.
Alonso fue ingresando en cada corte de la clasificación sin dentelladas, sin el habitual sofocón sabatino que ha amenazado con dejarlo fuera de los primeros puestos en las tres primeras carreras del Mundial. Mellada cualquier esperanza, diagnosticado el mal en un coche que no podía ganar carreras ni subir al podio al decir del piloto asturiano y de los sabios del mundillo, la 'casi-pole' provocó una reacción festiva en la cueva de Renault.
Kimi Raikkonen arrebató el primer puesto al español en el último suspiro, con el gong a punto de caramelo, y los ferrari cargados de combustible para no tener sorpresas hoy. Pero Renault plasmó su evidente salto hacia delante con el segundo puesto de Alonso y la solvencia de Piquet para ir pasando rondas.
De repente, por uno de esos misterios indescifrables de la F-1 que tal vez haya que sintetizar en las horas de trabajo en la sombra de un grupo de individuos medio desconocidos para el público, Renault volvió a la vida. Y con él, el tipo que marca las diferencias. ENVIADO ESPECIAL






