
Una serpiente larga, con mil ojos, se alejaba, a eso de las nueve de la mañana, de Parets, una localidad que tradicionalmente ha vivido de espaldas al Circuit reconvertida en los últimos años en escenario del desembarco de la 'alonsomanía', adentrándose, después de un kilómetro a pie y 18 grados sobre las cabeza ya a esas horas, en Montmeló. Equipados con todo lo suficiente para pasar la jornada, nunca se habrían imaginado el estado de catarsis al que se verían sometidos horas después. Un júbilo, en cualquier caso, justificado.
Prendas de imitación
Ayer hubo todo el ambiente del mundo, incluso en los aledaños: un ejército de oportunistas vendiendo entradas, paraguas, camisetas, gorras, prismáticos, relojes y demás merchandising de imitación a una décima parte del precio oficial. Y es que cualquier ocasión es buena para hacer negocio sobre todo si se refiere a las imitaciones.
Mucho antes de oírse el ronroneo de los motores y de que Flavio Briatore levantara el pulgar en señal de éxito, las gradas se fueron sembrando de aficionados hasta terminar presentando el tremendo aspecto que terminaría por borrar las penurias del R28. A las 9.30 horas, con la claridad desperezándose, las gradas y tribunas que rodean las curvas de Montmeló se empezaron a atestar de locos del motor, mientras en los alrededores el atasco amenazaba con colapsar los accesos. «Aquí se está montando una gorda», avisaba alterado un guardia civil a través de su walkie.
Los asturianos posaban orgullosos con sus banderas delante de la tienda oficial de su marca. No destacaban demasiado ya que la uniformidad de los colores de Renault ha vuelto este año a imponerse. «Gracias Briatore por rescatar a Alonso», gritaba Pedro, con el torso al descubierto y una botella de agua en cada mano. «Es el número 1. Quizás el R28 no sea lo que esperaba, pero ojalá las mejoras previstas sirven para luchar con argumentos entre esa clase media de la que tanto se habla», añadía.
Y, como si de una visión se tratara, sí funcionaron. Nadie hubiera salido defraudado, en cualquiera de los casos. No hubiera sido, incluso con el de Renault perdido en el fondo de la parrilla, un mal día para los asturianos, que habían viajado doce horas en autocar para ver a su icono en pista y compartir con él la época de vacas flojas. Pero lo vivido ayer sirvió para dejar correr la imaginación. Los 'alonsistas' convivieron con el delirio a eso de las tres de la tarde.
No fue algo testimonial. Las banderas y pancartas azules y amarillas instaladas ya en la Grada N -«Tu mejor equipo la afición» y «Fernando, nosotros estamos contigo»- ondearon más que nunca. Y desde la primera parte de la calificación, cuando el 'Nano' superó el primer desafío en tercera plaza.
Hay que reconocer que los aficionado se dejaron ver en la calificación por todo el circuito de Montmeló, pero el millar de fieles asturianos del bicampeón, engalanados con gorras, camisetas y banderas, tomaron la que fue la grada más divertida, animosa, alegre, divertida y objetivo continuo de las cámaras. Incluso, entre una sesión de calificación y otra, hubo tiempo para hacer la ola. Cuando el piloto confirmó el avance de su Renault en la Q2, el gran quebradero de cabeza hasta la fecha de los hombres de Briatore, el grupo del Principado lideró los cánticos del circuito.
Pero eso no fue todo. Faltaba el postre. Al divisar al monoplaza con el número 5 en el lomo encabezar la tabla de tiempo, se desató la locura, el delirio. Los aficionados se levantaron y la grada comenzó a rugir. Hasta que, apenas unos segundos después, apareció Raikkonen para chafarlo, auparse a la primera posición y hacerse con la 'pole'. Entonces los que rugieron fueron los ferraristas, incluido algún que otro despistado con camiseta roja del Arsenal y bandera británica.
Más ruidosos aún
En cualquier caso, los asturianos se fueron al hotel de Pineda de Mar pensando en cómo hacerse oír más que los monoplazas en la carrera de hoy, esa en la que Fernando partirá desde la primera línea de la parrilla, como si de un bocadillo se tratase, entre los dos Ferrari.
Pero antes de regresar, una parada para colmar la nostalgia de la tierra y practicar el noble arte del escanciar. ¿El escenario? El bacheado campo de rugby de Parets, algo así como el consulado de la 'alonsomanía' fuera del circuito. Hasta allí desfilaron los asturianos en procesión para dar buena cuenta de la espicha que les esperaba: bollos preñaos, empanada y sidra para celebrar el adiós, momentáneo o no, a las penurias de Fernando. Todo gratis y con ambientación musical -un disc-jokey-, insistía, tras una improvisada barra, el presidente del Club Oviedo F1, José Vicente García, y el responsable de Viajes Marsans, Jorge Fernández. Tras la reparadora comida, la necesaria siesta y, a su término, el retorno al hotel de concentración a la espera de nuevas sorpresas.
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