A mediados de la década de los cuarenta del siglo pasado, Negrete visitó España y cientos de admiradoras fueron a recibirle entusiasmadas. Ante la visión de tantas mujeres hispanas, a 'el charro cantor' no se le ocurrió otra cosa que decir: «Pero ¿aquí no hay machos?». Me imagino que una pregunta similar se la debió de hacer el hermoso plantígrado centroeuropeo aclimatado en Cabárceno de nombre 'Furaco', 'Furacu' o, como dice el presidente de Cantabria, barriendo para su casa con un deje inconfundiblemente liebaniego, 'Juracu', cuando hace unos días aterrizó en los montes de Fernanchín, entre los concejos de San Adriano y Proaza. El oso muy bien pudo hacer dicho: «¿En Asturias, no hay machos?».
Parece que 'Furaco' no ha conmovido a las osas cantábricas, objetivo final de su viaje, las cuales han permanecido, por ahora, indiferentes a sus encantos. 'Paca' y 'Tola', o 'Tola' y 'Paca', que tanto montan la una como la otra, mantienen -vuelvo a decir por ahora, que ya veremos lo que pasa en mayo, cuando aprieta la calor-, cierta indiferencia ante los encantos del visitante. Sin embargo, 'Furaco' ha revolucionado en la última semana no sólo a la cabaña mediática, sino también a buena parte de la grey política asturcantábrica en su vertiente medioambiental. Desde la era mítica de Sigfrido -precisamente en una versión de esta ópera de Wagner representada hace unos cinco años en el Teatro Real, de Madrid, el tenor sale a escena con un oso peluche, igual que el que abrazaba hace unos días nuestro presidente Álvarez Areces-, o los tiempos medievales de 'Favila', nunca hubo tanto gobernante en torno a un oso. De los políticos, el más efusivo ha sido Revilla, el presidente de Cantabria, quien declaró que «'Furaco' no nos va va a fallar», entre otras cosas, porque el oso recriado en Cabárceno lleva una dieta de anchoas de Santoña y sobaos pasiegos que «hasta los avestruces», dijo Revilla, «han corrido riesgo estos últimos días». 'Furaco' debe de ser tremendo. A su lado, aquel toro bravo llamado 'Sultán', que se trajo Juan Hormaechea de no se sabe dónde, es un impotente.
'Furaco' es una fiera, y frente a él, 'Paca' y 'Tola' son, por educación y convivencia con los humanos, dos osas civilizadas. La historia de las osas es triste -desalmados furtivos matan, como en 'Bambi', a su madre- , y sin duda muy interesante para la etología en cuanto a las pautas de comportamiento animal. Las osas recuerdan, en una versión invertida, a los niños salvajes amamantados o criados por lobos, osos o monos, sólo que aquí se desarrollaron y crecieron en compañía de seres humanos. Hace unos diecinueve años, conocí en Llanes a estas gemelas, entonces cachorras, que, como suele pasar en las hermanas, tenían un carácter muy distinto. Una de ellas, no sé si 'Paca' o 'Tola', era apacible, dulce y encantadora, mientras que la otra tenía un carácter un tanto montuno y agreste. Sin embargo, en toda esta historia de 'Furaco', 'Paca' y 'Tola', al margen del final que queremos que sea feliz y placentero, falla algo. No es cuestión de racismo, pero si se trataba de preservar la pureza del oso cantábrico, ¿por qué no se intentó cruzar a las osas con uno de esos osos de Teberga o Degaña. ¿Es que aquí no hay machos?





