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GIJÓN
¿Aquí no hay machos?

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JORGE Negrete era un actor y cantante de rancheras y corridos que llevaba un pistolón en la cintura, una guitarra en las manos y un sombrero en la cabeza. (Más que sombrero, un 'sombrerón' de esos mexicanos que tienen forma de OVNI y que, además de cubrir el cráneo, se utilizan como sombrilla). Aunque mexicano puro nacido en Guanajuato, tierra de mineros y de las mejores cocineras en versión nachos y guacamoles que dieron las ínclitas razas ubérrimas, Negrete era el resultado de un cruce entre Rodolfo Valentino y de Pancho Villa. Eso sí, cuando cantaba aquello de «¿Ay Jalisco, no te rajes!», al manito le salía del alma tanto sentimiento que parecía que un camión le había aplastado el sombrero y que por eso la iba a emprender a tiros con la humanidad.

A mediados de la década de los cuarenta del siglo pasado, Negrete visitó España y cientos de admiradoras fueron a recibirle entusiasmadas. Ante la visión de tantas mujeres hispanas, a 'el charro cantor' no se le ocurrió otra cosa que decir: «Pero ¿aquí no hay machos?». Me imagino que una pregunta similar se la debió de hacer el hermoso plantígrado centroeuropeo aclimatado en Cabárceno de nombre 'Furaco', 'Furacu' o, como dice el presidente de Cantabria, barriendo para su casa con un deje inconfundiblemente liebaniego, 'Juracu', cuando hace unos días aterrizó en los montes de Fernanchín, entre los concejos de San Adriano y Proaza. El oso muy bien pudo hacer dicho: «¿En Asturias, no hay machos?».

Parece que 'Furaco' no ha conmovido a las osas cantábricas, objetivo final de su viaje, las cuales han permanecido, por ahora, indiferentes a sus encantos. 'Paca' y 'Tola', o 'Tola' y 'Paca', que tanto montan la una como la otra, mantienen -vuelvo a decir por ahora, que ya veremos lo que pasa en mayo, cuando aprieta la calor-, cierta indiferencia ante los encantos del visitante. Sin embargo, 'Furaco' ha revolucionado en la última semana no sólo a la cabaña mediática, sino también a buena parte de la grey política asturcantábrica en su vertiente medioambiental. Desde la era mítica de Sigfrido -precisamente en una versión de esta ópera de Wagner representada hace unos cinco años en el Teatro Real, de Madrid, el tenor sale a escena con un oso peluche, igual que el que abrazaba hace unos días nuestro presidente Álvarez Areces-, o los tiempos medievales de 'Favila', nunca hubo tanto gobernante en torno a un oso. De los políticos, el más efusivo ha sido Revilla, el presidente de Cantabria, quien declaró que «'Furaco' no nos va va a fallar», entre otras cosas, porque el oso recriado en Cabárceno lleva una dieta de anchoas de Santoña y sobaos pasiegos que «hasta los avestruces», dijo Revilla, «han corrido riesgo estos últimos días». 'Furaco' debe de ser tremendo. A su lado, aquel toro bravo llamado 'Sultán', que se trajo Juan Hormaechea de no se sabe dónde, es un impotente.

'Furaco' es una fiera, y frente a él, 'Paca' y 'Tola' son, por educación y convivencia con los humanos, dos osas civilizadas. La historia de las osas es triste -desalmados furtivos matan, como en 'Bambi', a su madre- , y sin duda muy interesante para la etología en cuanto a las pautas de comportamiento animal. Las osas recuerdan, en una versión invertida, a los niños salvajes amamantados o criados por lobos, osos o monos, sólo que aquí se desarrollaron y crecieron en compañía de seres humanos. Hace unos diecinueve años, conocí en Llanes a estas gemelas, entonces cachorras, que, como suele pasar en las hermanas, tenían un carácter muy distinto. Una de ellas, no sé si 'Paca' o 'Tola', era apacible, dulce y encantadora, mientras que la otra tenía un carácter un tanto montuno y agreste. Sin embargo, en toda esta historia de 'Furaco', 'Paca' y 'Tola', al margen del final que queremos que sea feliz y placentero, falla algo. No es cuestión de racismo, pero si se trataba de preservar la pureza del oso cantábrico, ¿por qué no se intentó cruzar a las osas con uno de esos osos de Teberga o Degaña. ¿Es que aquí no hay machos?

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