Las lecturas de hoy nos dicen la manera de obrar y dar testimonio de un cristiano: «Con mansedumbre y respeto», aunque, a veces, quisiéramos forzar las cosas y querríamos imponer el cristianismo; no somos coherentes para asumir la cruz de Cristo y, en cambio, la queremos imponer a los demás.
Ser coherentes y amar, ciertamente, es difícil. Y Jesús nos dice que si le amamos debemos seguir «sus mandamientos».
Mandamientos que no son normas, leyes o prohibiciones; debemos quitar esa visión legalista y entenderlos como «sus enseñanzas». Y Jesús no nos da una lista rígida de leyes, sino un mensaje, no trae un código, sino un evangelio, palabra de Dios, inspirador de nuestra vida.
La misión actual de la Iglesia es compartir lo que creemos; no esconder nuestra fe sino de compartirla, sin ganas de imponer nada a nadie, ni de pasarnos la vida dando sermones.
Pero, en muchas ocasiones, olvidamos que todos somos hermanos y los cristianos debemos saber que somos tan culpables como los demás en el entramado de corrupciones, injusticias, desavenencias y mentiras que hay en el mundo; o quizá más porque no somos capaces de llevar nuestra fe a los demás.
¿Será porque es una fe muy superficial? Si ante esas situaciones la postura del cristiano es decir que es «mal de muchos», lo que les estamos ofreciendo es un «consuelo de los tontos».





