En apenas cuatro años, la cifra de niños asesinados por sus padres se ha duplicado mientras que el número de progenitores homicidas se disparó un 200%. La mayoría de los menores fue víctima de palizas y en una cuarta parte de las muertes se detectaron malos tratos previos, aunque sólo uno de cada diez agresores había sido denunciado.
Este espeluznante retrato es fruto del estudio realizado por el centro valenciano sobre las estadísticas de infanticidios cometidos en el ámbito familiar entre 2004 y 2007, periodo en el que perdieron la vida a manos de parientes 59 menores, 48 de ellos a manos de sus padres, ya fueran biológicos o las parejas de éstos. Ninguno de los agresores era padre adoptivo. Urra cree el incremento de casos pueda deberse a que «ahora hay más métodos de detección». «Sin embargo, aún hay otros que no se comprueban, los médicos pueden tener sospechas pero como no lo pueden demostrar en un juicio, lo dejan en la duda. Detrás de muchas muertes súbitas hay padres que no aguantan el llanto de su hijo y lo ahogan con la almohada», sostiene.
Abandonados al nacer
Hace un par de semanas, Marilina dio a luz sola en la casa que compartía con otros dos compatriotas sudamericanos en Barcelona. Metió el bebé en un cajón de su armario y se fue al hospital, donde fue atendida de una fuerte hemorragia. Horas después, el pequeño fue encontrado muerto. Según el Centro Reina Sofía, la mitad de los niños asesinados por sus padres tenían menos de un año y uno de cada cinco eran recién nacidos, como el hijo de Marilina.
Cuando son más mayores, las agresiones físicas son la principal causa de su prematura muerte. Uno de cada cinco niños fallece tras una brutal paliza, como Iraitz, de tres años, que falleció en agosto de 2004 en Vitoria por los golpes que le propinó su padre poco después de que los dos hubieran disfrutado como una familia normal de las fiestas patronales.
¿Cuál es el perfil de estos agresores? ¿Son monstruos, enfermos, delincuentes? ¿Existen factores que pueden llegar a explicar su conducta? Según las estadísticas, las personas que asesinaron a sus hijos son mayoritariamente hombres, de entre 25 y 34 años, de origen español, parados y de bajo nivel socioeconómico. Ángela Serrano, responsable del área del menor del Centro Reina Sofía, dibuja su retrato robot psicológico. «Son personas de baja autoestima que perciben los estímulos que emiten los niños como amenazantes. No saben afrontar el comportamiento de su hijo, les desquicia de tal manera que no lo pueden controlar y le acaban agrediendo de forma salvaje. Crean expectativas inapropiadas del menor».
En el caso del pequeño Iraitz, el agresor era habitual consumidor de drogas. En contra de lo que pudiera parecer, las adicciones a sustancias estupefacientes o alcohol están detrás de un porcentaje no muy elevado de casos: apenas un 15%. Los expertos, sin embargo, sospechan que el dato no se ajusta a la realidad. «Creemos que el consumo tiene más incidencia, pero quizá no se ha recogido adecuadamente a la hora de catalogar los casos», apunta Serrano.
Lo que sí es un denominador común es la falta de empleo de los agresores y su bajo nivel socioeconómico, dos factores que combinados con un hogar desestructurado pueden dar lugar a un cóctel explosivo de violencia contra el más débil. «Estos padres sufren un mayor nivel de estrés que, unido a otros factores, les impide afrontar con normalidad las reacciones del niño. Les desquicia de tal manera que no pueden controlarse y estallan. Luego lo justifican como provocaciones del niño. Creen que si lloran es por fastidiarles, porque no los reconocen como padres», explica la experta.
En cualquier caso, Serrano advierte sobre el riesgo de «estigmatizar» a las clases sociales bajas. «No se puede generalizar», afirma. Prueba de ello es uno de los últimos casos que más conmocionó a la opinión pública: el del ejecutivo vasco Alberto Izaga, que acabó a golpes con la vida de su pequeña Janire, de dos años, en su lujoso apartamento londinense. Un jurado inglés lo declaró inocente por enajenación mental y, en la actualidad, está en un psiquiátrico.
Malos tratos
En mayo de 2004, la localidad valenciana de Alcira se sobrecogió con el drama de Jennifer Irene Lara, una dominicana que había decidido separarse de su marido, de origen español, al que conoció cuando fue de vacaciones a su país. Tenían tres hijos. Una noche, el hombre derramó el contenido de una lata de gasolina en la vivienda y la prendió fuego. Cerró con llave y se fue. La mujer y los dos pequeños, de 8 y 5 años, murieron abrasados.
Éste fue el terrible colofón a una dramática historia de vejaciones y malos tratos que sufrieron tanto Jennifer como sus hijos. No es algo puntual: las agresiones son un denominador común en uno de cada cinco casos. «Estas personas también tienen malas relaciones con sus familias y suelen ser maltratadores de sus parejas. Presentan una afectividad muy negativa, fuertes distorsiones cognitivas y mucha ansiedad», concluye la experta.





