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El final de la euforia
27.04.08 -

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ASISTIMOS estos días al fin de una esas euforias a que la economía nos tiene habituados sin asumir para el futuro sus enseñanzas. Muchos de los que están llorando el cambio de suerte e imploran la ayuda de los gobiernos para recuperarla, se forraban unos meses atrás sin pensar en el futuro. Quien más quien menos sabía que esto iba a suceder, pero semejante convicción era apartada de un manotazo como si se tratara de una mosca revoloteando alrededor de la cabeza. Volvía a repetirse lo mismo que lleva ocurriendo desde que el hombre es hombre.

Por lo menos desde la Edad Media, como recuerda John K. Galbraith en un excelente libro, tan olvidado como su propia tesis, titulado 'Breve historia de la euforia financiera'. «¿Cuáles son las constantes de las crisis?», se pregunta el autor, uno de los economistas contemporáneos más importantes y quizás el que mejor supo explicar los misterios en que la Economía evoluciona, retrocede y vuelve a empezar para estrellarse de nuevo ante su enemigo, la ambición capaz de obnubilar las mentes más preclaras.

«La euforia -advierte en el prólogo Galbraith- que conduce a la aberración mental extrema es un fenómeno recurrente que pone en peligro al individuo afectado, a la empresa en concreto y a toda la comunidad económica». La lectura de las variantes de euforias financieras lleva enseguida al recuerdo de la burbuja inmobiliaria que la euforia adoptó recientemente en España. La euforia financiera desencadena la especulación y para la especulación no se han encontrado remedios ni siquiera en las legislaciones más avanzadas.

Galbraith recuerda unos cuantos casos, algunos pintorescos como el de la tulipamanía, que en el siglo XVII desencadenó en Holanda una fiebre irracional en el mercado de los bulbos de tulipán que acabaría generando un desastre de consecuencias inimaginables. Entre tantos ejemplos quizás se trate del más revelador de la facilidad con que el sueño de unos y la voracidad de otros pueden llevar a una desenfrenada locura colectiva e insostenible al estar cimentada en lo irreal. Aquí por lo menos se especuló con viviendas.

Las euforias financieras siempre han acabado en desastre, como no podría ser de otro modo. Es imposible que la economía mantenga ritmos de crecimiento constantes y más cuando una parte de ese crecimiento no se sustenta en bases firmes. En la actual crisis lo que ha fallado es el crédito fácil conocido como hipotecas 'subprime' que los banqueros norteamericanos concedieron aceptando la voracidad de contratistas e intermediarios. Es decir, dinero fácil y especulación.

Entre los casos pasados que Galbraith recuerda ninguno ha tenido unas consecuencias tan graves como el que llevó al crack de la Bolsa de Wall Street en 1929 y con él a la Gran Depresión. El desastre neoyorquino fue precedido de múltiples avisos que la inconsciencia de los especuladores desdeñó, y ninguno tan claro como el de la burbuja inmobiliaria de Florida. «La primera manifestación del espíritu de euforia no se vio en Wall Street sino en Floridad, en el gran boom inmobiliario de mediados de la década», recuerda.

«Para muchos, en el contraste con el clima de Nueva York o Chicago Florida constituyó un brillante descubrimiento». «También estaba presente el apalancamiento: los terrenos podían adquirirse con una entrada en efectivo de alrededor del diez por ciento. Así, cada oleada de compras se justificaba a si misma y estimulaba la siguiente. La especulación seguía su curso , cabía esperar que los precios se duplicaran en semanas». Ante este panorama, «¿quién iba a preocuparse por una deuda que sería cancelada con tanta rapidez».

Galbraith escribió el ensayo hace de 20 años, pero a pesar del tiempo, su análisis cobra actualidad y es aplicable en muchos aspectos a la crisis que afrontamos. Para la edición española (Ariel 1991), escribió un prólogo en el que decía: «En este último cuarto de siglo la larga, variada y a menudo desastrosa historia económica de España ha culminado una de notables éxitos Esto brinda el escenario y el decorado apropiados para el optimismo que podrían convertirse en una euforia nociva».

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