Como las melodías características de Puccini poseen un claro aire de familia, esta antología tiene por una parte un claro sentido unitario, y por otra parte un ritmo interno encaminado hacia la traca final: 'Bevo al tuo fresco sorriso', de 'La rondine' y las dos propinas 'Un bel di vedremo' de Madame Buterfly y 'Nessun dorma', con las sopranos como coro. El programa de mano, con las letras traducidas de las arias y unas breves anotaciones introductorias a la óperas de Puccini, es todo un ejemplo a seguir.
Si hay una palabra que pueda definir la interpretación general de 'Pucciniana', esta es «entusiasmo». Se sabe que el entusiasmo es contagioso; se transmite de los intérpretes al público y bajo ese manto de entusiasmo tal vez algunos aspectos menos adecuados de las versiones se ocultan y carecen de relevancia. Lo importante es la entrega, las ganas de conmover y entretener, y eso lo han conseguido plenamente. Mariano Rivas, de quien nos alegramos de que sea profeta en su tierra, dirigió con una agógica (movimientos internos del tiempo) muy viva, dinámicas con grandes relieves contrastantes, a veces algo exageradas, y una exquisita adaptación de la orquesta a la voz. Una orquesta muy joven, con una cuerda compacta. Respecto a las voces, el tenor Kamen Chanev posee una potencia enorme en los registros agudos, poca sutileza en las gradaciones de intensidad (filados) y un timbre metálico y homogéneo en el registro medio y agudo. Estuvo bien en general y excelente al final. Más apocada estuvo la soprano Elizabeth Woods, con un timbre delicado pero limitado en el volumen. Y, en mi opinión, la mejor de la velada fue la joven soprano Rafaela Angeletti, dueña de un lirismo intenso, una gran ductilidad dramática y una bella y plena sonoridad.





