La memoria indeleble de aquella experiencia, más allá del extenso e intenso recorrido por su biografía, me traslada a la constatación de una vida humilde, en un piso donde no había otros alardes que las fotografías de un recorrido existencial lleno de momentos históricos, un sofá desvencijado y el humo constante de los cigarrillos, Peter Stuyvesant.
Bueno, el pasado viernes salí de mi casa en el distrito langreano de Sama (qué neoyorquino suena eso de los distritos), e inmediatamente me dejé llevar por los sonidos de un acordeón que provenían de una travesía próxima. Son esas cosas habituales de los últimos tiempos. La inmigración y sus múltiples modos de supervivencia.
A juzgar por las delicias que emitía el teclado inundando la calle, propensas al arrastre apasionado del tango, se hubiera dicho que el intérprete era argentino. Supe después que era rumano, ya ven cómo es la globalización. Sólo me atreví a depositar unas monedas en el recipiente que hacía circular su compañera para que la fiesta fuera recíproca. Lo que puedo asegurar -admítanme un cierto oído melómano- es que la ejecución tenía trazas virtuosas y emocionantes.
Y, claro, resultó inevitable pensar en las razones por las que gente de extraordinaria sensibilidad artística pena sus tangos en la consuetudinaria rue, mientras que proveedores marbellíes con todos su bienes embargados son capaces de afrontar fianzas de un millón de euros. Será la complejidad del mercado.
El caso es que desde los viejos tiempos del comunismo, si te asomas al balcón parece que no hubiera cambiado nada. Vaya, que si echas la vista atrás, seguro que también aparecen acordeonistas en las cunetas y rocas tan sólidas como la de la injusticia.
Eso, sí, al lado del lugar en el que el rumano maravillaba a la concurrencia con notas de Gardel, han abierto un hiper chino. En la proximidad de mi vivienda y la suya, señor lector. Algo es algo.





