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GIJÓN
Tiempos de crisis

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BUSCANDO un equilibrio. Muchos se preguntan cuándo acabará la crisis inmobiliaria que estamos padeciendo. Bien, hay que decir que tampoco se puede dar una fecha ni siquiera más o menos exacta. Las desaceleraciones económicas llegan sin avisar, no dicen: «hola, soy la crisis; esperarme el domingo a mediodía para la hora de comer». Son, por tanto, abruptas y, sobre todo, de consecuencias impredecibles. Quizá la respuesta se encuentre en ver cómo un buen día también llegó el 'boom' que vivimos. Se dieron, sin duda, una serie de condiciones óptimas para el mismo. Es decir, una tasa de empleo elevada, unos tipos de interés bajos y unos precios de los inmuebles acordes con el nivel de renta del consumidor. Si volvemos a tener un cierto equilibro en el mercado, esto es, que los bancos vuelvan a prestar su dinero con un mayor margen de confianza, que la hipoteca se coma aproximadamente el 40% del sueldo de un individuo (ahora está en más del 60%) y, además, el futuro comprador tenga mejores expectativas respecto a su inversión, o sea, que no tenga la sensación de que se va a devaluar, tendremos una recuperación plena del mercado inmobiliario. ¿Cuándo se producirá esto? Bueno, pues, no es fácil de predecir porque, al igual que el estallido al alza nos cogió por sorpresa, el fin del ciclo también. Tal y como dijo Cortázar cuando le regalaron un reloj: no eres tú el que controla al tiempo, sino él a ti.

Una simple subasta. La susodicha palabra (crisis) está en boca de todos. Ahora copa la mayoría de las conversaciones y, sin duda, se encuentra presente en las más recónditas parcelas de la vida. Puedes ir a tomar un café y al preguntar qué tal, te responden sin cortarte que la caída en el consumo es considerable. Puedes ir a la compra y, cuando entablas un poco de conversación, comentarte que la calidad del genero que venden es menor. Que la gente ahorra comprando productos más baratos. El otro día, sin ir más lejos, en un mercado rural vi cómo se daba el siguiente fenómeno. Se trataba de subastar un producto elaborado en la tierra y que siempre, en otros años, había obtenido grandes pujas. El locutor comenzó a dar énfasis en su discurso señalando un precio de salida. En una plaza repleta de público nadie levantó la mano. Dijo: «sale por 80 euros y es la campeona, la que el jurado ha dicho que es la mejor». No hubo respuesta por ninguna parte. Al final, un poco compungido el hombre, tuvo que retirar el producto y comentar que sería vendido de otra manera (troceándolo en concreto para hacer más amable su precio). El comentario general fue: «es que hay mucha crisis».

Crisis políticas. No me gustan esa clase de políticos que quieren ser pasado, presente y futuro dentro de su partido. Sí, esos que dentro de la organización se muestran con más galones que nadie, puesto que, en definitiva, sus años de militancia se lo permiten y, desde ahí, desde esa base, pretenden controlar el presente para luego amarrar el futuro. Me parece que lo único que logran con dicha actitud es oxidar al partido, cerrarlo cada vez más a la sociedad que debería servir. Cuando unos resultados electorales son malos, esta actitud se nota aún más. Los ves salir a la palestra para decir: «yo estuve, estoy y estaré presente dentro de la vida pública porque considero que puedo sacar adelante esta situación». Pero la política no consiste en transmitir cómo te ves a ti mismo, sino en cómo lo hacen los demás. Y aquí es donde el discurso de «yo lo ocupo todo» empieza a fallar. El resto de la gente -su electorado, principalmente- lo ve como capital humano amortizado, como algo desgastado que debería marcharse, puesto que su tiempo ya pasó. Como esto es algo que está sucediendo en la política asturiana un día sí y otro también, no les digo más. Al buen entendedor

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