
DATOS DEL AUTOR
La novela utiliza para exponer su tema central los postulados de un naturalismo que podría calificarse de espiritualista, y coloca la acción en la capital gozoniega, que toma aquí el nombre de Peñascosa, topónimo inventado que no se da en Asturias (lo más asemejado son los pueblos de La Peñasca, en el concejo de Oviedo, y La Penasca, en el de Lena), pero que escogió seguramente pensando en lo escarpado de sus costas, y, por extensión, en lo espinoso y árido del dilema que iba a plantear. Palacio Valdés llama reiteradamente a los habitantes «peñascos» y señala que «las olas estallaban también suavemente en los peñascos que casi rodean por completo la iglesia de la villa». Es tal vez Peñascosa una feliz contracción de 'peñas rocosas'.
Como sucedió en el caso de Candás/Rodillero, Luanco/Peñascosa fue ampliamente recorrido por Palacio Valdés en los años anteriores a pensar en el mismo como emplazamiento narrativo, pues el escritor tiene por norma, al menos en las obras de su fase asturiana, conocer físicamente el territorio por el que hará desfilar a sus criaturas de ficción, que tienen un correlato real, que ha identificado el historiador luanquín Ignacio Pando García-Pumarino. Luanco fue villa de veraneo para Palacio Valdés en su infancia como nos recuerda en el capítulo 36 de 'La novela de un novelista', en el cual declara que su madre, doña Eduarda Rodríguez Valdés, aquejada de una enfermiza salud que acabaría llevándola a la tumba en 1871, «necesitaba baños de mar» y que «para tomarlos solíamos pasar el mes de agosto en la villa de Luanco, vecina de la de Avilés, que posee una bonita playa arenosa donde las olas rompen con estrépito», y alude a la plaza donde se congregaban los bañistas parapetados «con sombrillas y sombrero de paja», lo que le da pie para plasmar en un párrafo la cotidianidad veraniega: «En aquella época Luanco no era un centro de placeres. Los bañistas prolongaban por la mañana cuanto podían el tiempo destinado al baño. Por la tarde iban de paseo a un sitio llamado la 'Fuente mineral', y amenizaban la excursión comiendo las moras de los zarzales que guarnecían las paredillas del camino. Por la noche discutían en familia la cuestión de la temperatura y se metían en la cama».
¿Cómo pinta Palacio Valdés ese cuerpo con vida propia que llamamos Peñascosa? Podríamos responder que combinando la elocuencia realista y el detalle casi administrativo en la descripción de sus construcciones y espacios con la ironía crítica que dispensa a sus moradores, donde caricaturiza vicios que son generalizados al atraso de España. El contacto fisonómico con esta Peñascosa de ocho mil habitantes que hace girar todo el mecanismo de su acción desde la calle del Cuadrante no se produce hasta el segundo capítulo, cuando el narrador nos brinda una visión en travelling de la población, de arriba abajo: «Su caserío se extiende todo él por la orilla del mar, sin penetrar más de cien varas en lo interior. Sólo allá en el vértice de la angostura hay una plaza medianamente espaciosa, de la cual arranca la carretera que conduce a Nieva. La parte de la villa que se extiende a la derecha es menos importante y extensa que la de la izquierda. Por esta orilla corre la mejor y aun puede decirse la única calle del pueblo. Es larga, empinada a trozos, a trozos llana, ancha en algunos parajes y en otros estrecha, con ánditos de un lado para los transeúntes. Las casas tienen salida a la mar por medio de escaleras mejor o peor labradas, según la importancia del edificio. Termina en el campo de los Desmayos, donde se alza la iglesia, sobre una punta de tierra que avanza en el mar». Esta perspectiva, que va de lo general a lo particular, y donde esa calle central es metáfora acertadísima de los meandros de la conciencia, nos presenta un espacio proclive al recogimiento espiritual: estamos en un lugar apartado y sin más horizonte que la inmensidad de un mar que muy bien puede representar el alcance y potencia de la divinidad, y donde además se coloca la iglesia en el centro de esta geografía que viene a ser un punto intermedio entre lo rural y lo urbano, pues proliferan muchos clérigos, capellanes y sacristanes para el relativamente reducido número de feligreses. Sin embargo, la pintura que nos ofrece de la iglesia dista mucho de ser positiva: «Su aspecto es lóbrego y sucio. De las paredes que no se enjalbegaron hace ya muchos años, penden cadenas, cuadros sombríos y borrosos, buena copia de piernas, brazos [y] cabezas de cera amarilla». Ante esta visión no va a extrañarnos que, unos capítulos más adelante, el pueblo se regocije con la edificación de un nuevo templo, lectura que habría que hacer en clave religiosa: Palacio Valdés apuesta por sustituir una moralidad de apariencia ritual que se encuentra en derrumbe por otra más sólida y verdadera.
Villa marinera
Al ser Peñascosa villa marinera, no podía el autor por menos que primar este entorno sobre el resto, de forma que en los compases iniciales de la novela se acerca al muelle: «Bájase a él por una rampa suave donde hay media docena de tabernas por lo menos y dos cafetuchos, el de la Marina y el Imperial. Unas y otros hierven de gente a todas horas, pero muy especialmente a la del crepúsculo cuando llegan del mar las lanchas pescadoras y termina sus faenas la tripulación de los pataches y quechemarines anclados». En esta línea de cantar los beneficios marinos se situarían las alabanzas que reciben la calidad de la pesca y la salud inquebrantable que asiste a los habitantes de Peñascosa, y que el narrador traslada a los lectores comparándolos con sus rivales inmediatos, los vecinos de Sarrió. En lo tocante a la fortaleza física, nos dice que las gentes de Sarrió no sanan «hasta que van a tomar los baños de mar en Peñascosa», y que los que se bañan en Sarrió «se exponen a erupciones, catarros, reúma y otros desarreglos tristísimos». Y en lo concerniente a las capturas de pesca afirma, como si se tratara de una verdad incuestionable, que «en cien leguas a la redonda nadie ignora que ni la sardina, ni la merluza, ni el congrio, ni el besugo admiten comparación con los de Sarrió. Como el caso parece extraño habiendo tan poca distancia de un pueblo a otro, los de Peñascosa lo explican por los mejores pastos que sus peces tienen». La comparación, en otros casos, se realiza acudiendo al valor irrefutable de la estadística: «Los peñascos hacen saber con orgullo que mientras en el último cólera murieron en Sarrió 312 personas, en Peñascosa sólo murieron 61, y de éstas por lo menos 30 bajaron a la tumba por descuidos lamentables».
El contraste se emplea no sólo entre pueblos en controversia, sino dentro de la misma comunidad. Así, por ejemplo, de las mujeres de Peñascosa se dice que «son altas, macizas, de tez sonrosada y ojos negros; la voz es dulce, sonora y hablan con un dejo musical muy característico», en tanto que de los hombres se señala que son «más feos que hermosos, más tontos que graciosos, más groseros que corteses, más vulgares que originales». Otro distingo entre géneros es el que se establece cuando frente a la imaginación que hace a los varones de Peñascosa «más noveleros y curiosos que a los del resto de la provincia», coloca el pésimo oído que las mujeres tienen para cantar, pues «repicotean de tal modo lo que cantan que no lo conoce nadie, ni el mismo autor que lo creó».
La soltura y eficacia con las que Palacio Valdés se mueve a la hora de denunciar costumbres anacrónicas dentro del cuerpo social, y hacerlo por medio del sarcasmo hiriente, se advierte en 'La fe' al tocar las características tertulias donde arcaicos personajes parecen reinar en medio de un ambiente enrarecido y poco dado al progreso, como es el caso del poeta oficial de la villa, un tal Gaspar de Silva, al que retrata como un personaje estrafalario, autor de obras de títulos ridículos como 'No me vengas con belenes, que te rompo el esternón' y responsable de una sociedad recreativa de aire clasicista llamada Ágora, donde se da culto a sí mismo y a la que Palacio Valdés dispensa burlas como ésta: «Allí se representan las piezas de don Gaspar por los jóvenes aficionados y se leen sus poesías líricas en medio de las lágrimas y los aplausos de las señoritas de la localidad, adivínanse charadas y logogrifos, se cantan 'mandolinatas' y 'stornellos' en un italiano estupendo y se juega de mil modos ingeniosos».
Finalmente, cabría hacer mención de una táctica narrativa que Palacio Valdés utiliza en varias de sus novelas, y que consiste en asociar los estados anímicos de los personajes a manifestaciones de la naturaleza. Tomaré un ejemplo relacionado con el descreído personaje de don Álvaro Montesinos, quien, en el capítulo sexto, padeciendo una gran excitación mental, se asoma a la ventana para aliviar su angustia. Entonces, el narrador refleja su atormentada indecisión en el paisaje nocturno: «Las mil agujas de la lluvia se le clavaron en las mejillas y convertidas en lágrimas las bañaron completamente. Por algunos minutos gozó con voluptuosidad de aquel frío, apeteciendo que le penetrase en el cerebro y sosegase su desordenada actividad. La noche no era tenebrosa. A pesar del espeso toldo de nubes, la luz de la luna conseguía cernirse y esparcía una débil y triste claridad. Sólo cuando algún nubarrón más espeso y más negro pasaba por delante de ella descargando su fardo de agua, la luz se extinguía casi por completo».
Después de 'La fe' Palacio Valdés no recuperaría el paisaje de Luanco para otras novelas, e incluso cuando se realizó en 1947 su versión cinematográfica para rodar los exteriores los productores escogieron incomprensiblemente Lastres en vez de Luanco.





