Los familiares más directos del fallecido no pudieron contener el llanto, tanto a la entrada del féretro en la iglesia como a su salida, tras el oficio del funeral.
Durante el transcurso de la misa muchos fueron los que decidieron quedarse a las puertas del templo, abarrotado hasta su misma puerta. Entre gestos compungidos y expresiones de dolor, en los corrillos, algunos de los presentes se preguntaban cómo era posible que hubiese ocurrido el fatal accidente que segó la vida de José Javier Salvador, que deja viuda y dos hijos. «No me creo que fuera rápido. Era un hombre prudente», comentaba un conocido del fallecido.
El ambiente en el interior del templo era de completo silencio, roto solamente por las palabras del párroco y por alguna persona que, fruto de la emoción, rompía a llorar optando por salir de la iglesia en busca del consuelo de amigos y conocidos.
Fuera, en la plaza de Europa, mientras se desarrollaba el funeral, las decenas de personas que esperaban para dar el último adiós al fallecido, trataban de pasar el mal trago mientras seguían sin creerse del todo lo que había sucedido el sábado.
A la salida del féretro, un solemne silencio invadió toda la plaza de Europa. La hija de José Javier Salvador, Rocío Salvador, sólo acertaba a gritar un «papi, papi» ahogado por las lágrimas del momento.
Muchos fueron los que decidieron en ese momento acercarse a la familia para darles un sentido pésame y tratar de reconfortalos en la medida de lo posible. No lo consiguieron. El dolor del momento era demasiado fuerte como para conseguir contener el llanto.
Algunas de las personas que tenían mayor relación con la familia del fallecido decidieron acompañarlos en su duelo hasta el mismo tanatorio de Avilés, donde el cuerpo del fallecido fue incinerado.





