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GIJÓN
El cura volador
29.04.08 -

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EL hombre siempre ha querido volar. Para estar cerca del cielo, cerca de dios o para bombardear al enemigo desde lo alto, pero volar. Con la majestad del águila o con el planeo torpe de la gallina, pero volar. Dédalo, un gran inventor que aparece de la mitología griega, proveyó a su hijo Ícaro para que huyese del Laberinto de unas alas de plumas soldadas con cera. El joven se elevó al cielo, y por disfrutar del vuelo libre se acercó al sol, poseído del espíritu del ave, pero el sol fundió la cera y el mito volador acabó en el suelo, Brueghel, Rubens y Patinir de fotógrafos y testigos, en una trompada lumbar modelo Gabino de Lorenzo.

Volar. Empédocles, sabio griego del 430 a. J., predijo el día en que una carroza divina le trasladaría a los cielos como a un dios. Para evitar el ridículo, él mismo saltó en vuelo libre al cráter del volcán Etna, y desapareció en el eterno como desapareció el profeta Elías, otro memo de la mitología hebrea que también ascendió a los confines del éter en carroza de fuego, envidioso de los dos pilotos anteriores, empeñado en demostrar que Israel también dominaba la tecnología aeroespacial.

Fue un jesuita, el padre Bartolomé Lorenzo de Gusmao (1709) quien primero logró elevar un globo de papel relleno de aire caliente, en imitación de las pompas de jabón. Aunque lo más probable es que lo hubiera copiado de los chinos, el portugués quedó para la historia como el 'cura volador', toque eclesiástico con el que dar para el pelo al un Leonardo da Vinci que había malgastado su ingenio diseñando armatostes que nunca despegaron. Luego, en 1783, fueron los hermanos Montgolfier, papeleros de Lyón, quienes dejaron turulato al ya imbécil Luis XVI con un artilugio plagiado del humo de las chimeneas, el globo aerostático. Dios estaba más cerca, tanto que la humanidad, arrepentida del tiempo perdido en pirámides, zigurats y campanarios, emprendió de entonces a hoy una lenta carrera espacial que parió en 1900 al conde Von Zeppelín y su dirigible, y que en el año 1903 produjo un raro planeador, el Flyer, que permitió a los hermanos Wright volar durante quince segundos. Y luego ya vino lo de Iberia, lo del Barón Rojo, lo del Plus Ultra y el Concorde, el trasbordador Columbia, el autogiro de De la Cierva y el sursuncorda.

Y el otro día va el padre Adelir Antonio de Carli, cura párroco de la Pastoral de Carreteras de San Cristovao de Brasil, se anuda a la cintura unos globos hinchados con helio y se prepara para ascender a los cielos para ver si se topa con el arcángel Miguel, cuyo nombre significa «¿quién como dios?», que es quien ha debido de pinchar los globitos al cura por castigar su soberbia. Para pasar a la historia de las cosas menudas, a Adelir el cura volador le hubiera bastado una levitación del estilo Santa Teresa, pero el orgullo y el afán de notoriedad le hicieron Supermán, y por eso intentó ser pionero de la aeronáutica mística para la comunicación directa y sin cables con la divinidad. Y ahora anda perdido o muerto. Se equivocó en el método, impropio del moderno Brasil de Lula, más propio del atrasado Brasil de los orishas, el candomblé y de esas brujas macumberas que vuelan sin alas, en idéntico vuelo sin escalas que el que llevaba hasta Zugarramurdi a nuestras brujas autóctonas.

El mismo vuelo que nos lleva a los mortales del montón a viajar como sardinas en lata charter hasta Cancún, confiados en que al final nos esperan el cielo o algún dios que nos desvele el misterio de por qué viajamos a lo tonto a lo largo y ancho mundo, sin acabar de creer que nunca nos podremos desprender de este traje de mono idiota que la evolución nos regaló para que nos creyéramos dioses. Dicho de otra manera, todavía no sabemos por qué ni para qué, pero cada día volamos más alto, más lejos y más rápido para, al final, acabar como Adelir. ¿O no?

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