Cuando oyes las sugerencias, -llamarlo propuestas parece excesivo- de la nueva izquierda, sus ocurrencias socioeconómicas, los desvelos pro seguridad, la política militar ves que la batalla está librada y tiene ganador. No fue a campo abierto, sino en el oscuro teatro de los sueños y deseos. El traje conservador tiene tres largo de manga por talla y medidas tan versátiles que ajusta bien hasta en el cuerpo progresista. Ha habido una operación quirúrgica mientras nos decían que se trataba de una liposucción; la cirugía estética ha hecho el milagro de hacernos creer que menguaban la nariz cuando, en realidad, nos extirpaban parte del cerebro. La agresiva cirugía maquíllase con palabras injertadas de eterna utopía: solidaridad, igualdad
La reivindicación la mide el IPC, el consumo es sinónimo de progreso y derecho, el mundo deja de soñarse como patria de la humanidad para volverse jardín botánico, la igualdad una cuestión estrictamente genérica, el aborto un mal mayor convertido en bien menor, la televisión una muestra de la diversidad uniforme, el fútbol una seña de identidad colectiva, la libertad un anuncio publicitario y un mito que identifica liberación con botellón, el derecho una letra divorciada del deber, a la ley le basta con cumplir pues la moral es cosa privada y la argumentación cambia razón y verdad por un plato de votos. La moral y el economicismo que conjuntaban mal juegan con los mismos colores gracias al invento de una clase media que, muchas veces, resulta mediocre.
Primero nos cegaron a imágenes, luego nos llenaron la barriga y ahora inundan el cerebro hasta acabar satisfechos en la cultura de la satisfacción. Ya no discutimos qué pastel, basta que el trozo sea algo mayor mientras olvidamos que hay gente mirando el escaparate que nunca accederá a la pastelería. Pero no pasa nada, seguimos creyendo que la batalla está por librar. Pura fe. Esa es la derrota.





