La fe, en fin, es para Kierkagar creer sin pruebas lo que nos cuenta alguien que habla sin conocimiento sobre cosas indemostrables.
Así se explicaba el existencialista en el transcurso de un paseo filosófico organizado por la escuela mentada:
«Mi carencia de fe tiene aún mayor mérito si se considera que intentaron imponérmela cuando era un imberbe que apenas hacía uso de la razón. Como no pocos de mi generación hube de beber en las fuentes catequísticas del famoso Padre Astete y repetir cual papagayo cosas que jamás he logrado olvidar, como, por ejemplo:
'Si vivimos en gracia de Dios, al llegar el Juicio Final seremos escogidos para el bando de los bienaventurados'.
'Admiremos la sinceridad y humildad de San Juan y transitemos por los caminos del Señor limpiando nuestra alma con una buena confesión'.
'Dios ha sembrado buena semilla en nuestras almas. Vigilemos para que el demonio no siembre la cizaña'...».
La especie de letanía de Fredo fue entonces interrumpida por el escolástico elástico Tomás de Aquisí para narrar esta anécdota:
«Te podría suceder algo similar a lo de aquel par de vecinos, una vieja beata y un ateo recalcitrante, que cuando se cruzaban decían respectivamente a modo de saludo: '¿Alabado sea Dios!' y '¿Dios no existe!' Al cabo de un tiempo, la señora enviudó y comenzó a atravesar por dificultades económicas, por lo que el vecino, que tenía un gran corazón, le dejaba a veces a la puerta una bolsa con alimentos básicos. Al encontrarla, ella daba gracias al Altísimo, hasta que un día él se hartó y le dijo: 'Señora mía, nada de dioses ni gaitas, que es un servidor quien la provee'. '¿Alabado sea Dios, que no sólo me proporciona comida, sino que ha conseguido que me la pague el mismísismo Satanás!', concluyó la creyente».





