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El signo de nuestro tiempo
30.04.08 -

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LA vulgaridad, digo. O uno de ellos, porque hay otros, como la contradicción o el falso relativismo, que también contribuyen a definir esta época nuestra, a la que los futuros estudiosos de la sociología tendrán que poner un nombre que seguramente no nos habría de gustar. Miren por donde miren en su entorno, no verán más que depreciación de los conceptos que hasta ahora se encontraban en un plano superior porque se erigían como objetivos a alcanzar dentro de la eterna lucha del ser humano por conseguir plasmar lo más noble de su espíritu. Ahora mismo habría que redefinir los contenidos de términos como cultura (arrastrado como ningún otro por el barro de la miseria intelectual), amor (¿hay expresión más absurda que esa de 'hacer el amor', como si el amor pudiera hacerse?), o arte. La Real Academia de Santa Isabel de Hungría, llamada a sí misma de las Bellas Artes, ha elegido académico de honor a un torero. En el templo de Atenea tuvo que haberse apagado otra vela. Lo que pinte un torero en una Academia será cosa de añadirlo a la lista infinita de preguntas sin respuesta. A un torero de la vieja escuela, como este, cuando le presentaron a Ortega como catedrático de Metafísica se quedó mirando para él, se rascó la cabeza y despachó el asunto con suficiencia: «Hay gente pa to». O la tal Academia ha renunciado a sus fines o Santa Isabel, que fue una reina que se caracterizó por sus actos caritativos, ha decidido hacer aquí uno más. En todo caso, si marear a un toro con una tela y cierto estilo puede considerarse una de las Bellas Artes, supongo que también será arte el de los domadores, los trapecistas, los boxeadores, los tenistas y, por qué no, el de los diseñadores de botijos, los perfumistas, los costureros o esos cocineros capaces de convencernos de que una aceituna deconstruida sobre una gota de espuma de cilantro es una opípara cena. Venga, todos a la lista.

La vulgaridad se ha instalado en todos los rincones y aposentos de esta sociedad, dominando todas sus vías, impregnando sus tejidos y órganos, incluso los, hasta ahora, tenidos por más inmunes. Desde que el urinario de Duchamp encontró acomodo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, poco cabe esperar de la distinción entre arte y realidad, que ha sido el fundamento de toda creación artística. La vulgaridad viene alentada, casi como decreto, por los nuevos dueños de la mente social: los medios de comunicación, los gestores de opinión interesada, el márketing. No hay más que ver cómo se crean paradigmas de unas figuras cuyos méritos nadie conoce o cómo se ofrecen las mejores horas de televisión a personajillos de guiñol, mientras se minimiza a todo aquel que rinda culto a la búsqueda de la emoción estética. Sin embargo, hay un aspecto que nadie podrá modificar y que permite mirar con cierta displicencia a nuestro alrededor. La oprimente vulgaridad que nos enfanga viene dada por quien puede, pero afecta a la sociedad como conjunto, no al hombre como ser individual, lo que supone una gratificante diferencia.

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