Hijo de un francés anticlerical y de una española entregada a los excesos del rito católico, Bloy fue lava fría y ardiente, pero no dejó nunca de ser volcán. En su juventud quiso destruir todo lo que oliera a solideo, cirio o cruz; en su madurez fue intolerante con todo lo que se opusiera al dogma en el que creía. A un lado y otro del péndulo, defendió su convicción con un arma implacable: una escritura brillantísima.
Nacido en 1846, dos años antes de la segunda revolución burguesa del XIX, reflexionó sobre la Comuna y su soplo libertario, para morir en 1917, al final de la primera carnicería global del apestoso siglo corto. Hijo del positivismo y de la centuria que mató a Dios, Bloy nació con el espíritu de la época para morir reaccionario. Alabaron su obra Borges, quien dijo de él que fue el inventor de lo que hoy llamamos «humor negro», lo cual no es asunto baladí, y Kafka, cuya escritura estaba tan cerca de la de Bloy como una golondrina lo está de un elefante, quien dijo del autor de Périgueux que en el vituperio no tenía igual, y que a su lado los profetas parecían mancos.
Tres libros recientes ponen al lector español sobre la pista de un agitador estremecedor y admirable: 'Historias impertinentes', publicado por la espléndida editorial palentina Menoscuarto, una amplia selección de sus 'Diarios' y 'Exégesis de los lugares comunes', rescatados ambos por la siempre estimulante Acantilado. Leyendo a Bloy acude a la memoria un aforismo de otro gran escritor francés, Romain Gary, quien decía que «las contradicciones son el precio de todas las verdades más o menos humanas». Oportuna frase aplicada al talento de este místico que amaba a Napoleón y creía en la santidad de Colón, y que en algún crudo invierno quemó sus muebles para calentar a su familia. Queda, para nuestro goce, el estilo Bloy: un lujo en estos tiempos en que la literatura es una rama del marketing.





