También disfruto caminando por el paseo de La Florida. Allí pueden verse los frescos que Goya pintó para la ermita de San Antonio, y no muy lejos se levantaba la Quinta del Sordo, la casa que el artista aragonés habitó en sus últimos años y cuyas paredes adornó con sus pinturas más terribles. Él no se echó a la calle el Dos de mayo de 2008 porque sabía que ninguno de los dos bandos podía ser el suyo.
El dilema de Goya aquella jornada, y el de todos los ilustrados que tuvieron que preguntarse si era preferible un Borbón a un Bonaparte para responderse, entre asustados y escépticos, que aunque lo mejor fuese lo segundo jamás podrían tomar partido porque se lo impedía algo oculto en quién sabe qué oscuro rincón de su conciencia, dice mucho de la suerte que ha venido corriendo en los dos últimos siglos este lugar llamado España, siempre bajo la incierta espada de Damocles, siempre atrapada entre dos aguas y obligada a decidir entre lo malo y lo peor, sin opciones intermedias ni posibilidad de enmendar su fallo.
En la fecha del Dos de mayo de 1808 late, más que la celebración de un día épico y honroso para nuestra patria, la amarga conmemoración de nuestro infortunio, la inmensa tristeza que desprende nuestro histórico fracaso.





