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Cultura

MICROCOSMOS
Dos de mayo
01.05.08 -

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SIEMPRE que viajo a Madrid procuro reservarme unas horas para perderlas en la plaza del Dos de Mayo. Me gusta contemplar el mundo desde allí, sentado en alguna de sus terrazas o paseando alrededor de las faraónicas esculturas que inmortalizan a Daoíz y a Velarde. Me divierte asistir al espectáculo de las conversaciones ajenas, escrutar las costumbres y los vicios capitalinos con esa dedicación que sólo sabemos poner quienes llegamos desde provincias remotas, sentir que el tiempo pasa sin que me importe lo más mínimo llegar tarde a la siguiente cita o acabar extraviado en la noche por las calles que conforman el laberinto entrañable y posmoderno de Malasaña. Parece mentira que ese lugar fuese una vez el centro mismo del infierno, que allí se abriesen navajas dispuestas a desollar al enemigo o que se escuchasen los gritos y las pisadas de unos hombres dispuestos a morir por una cuestión de honor. En las tardes amables de la primavera, cuando los rayos de sol se filtran a través de las hojas de los árboles y los bancos se llenan de ancianos ávidos de vida, cuesta ver lo que tantas veces hemos leído en los libros de Historia como algo más que un entretenido relato para las tardes ociosas.

También disfruto caminando por el paseo de La Florida. Allí pueden verse los frescos que Goya pintó para la ermita de San Antonio, y no muy lejos se levantaba la Quinta del Sordo, la casa que el artista aragonés habitó en sus últimos años y cuyas paredes adornó con sus pinturas más terribles. Él no se echó a la calle el Dos de mayo de 2008 porque sabía que ninguno de los dos bandos podía ser el suyo.

El dilema de Goya aquella jornada, y el de todos los ilustrados que tuvieron que preguntarse si era preferible un Borbón a un Bonaparte para responderse, entre asustados y escépticos, que aunque lo mejor fuese lo segundo jamás podrían tomar partido porque se lo impedía algo oculto en quién sabe qué oscuro rincón de su conciencia, dice mucho de la suerte que ha venido corriendo en los dos últimos siglos este lugar llamado España, siempre bajo la incierta espada de Damocles, siempre atrapada entre dos aguas y obligada a decidir entre lo malo y lo peor, sin opciones intermedias ni posibilidad de enmendar su fallo.

En la fecha del Dos de mayo de 1808 late, más que la celebración de un día épico y honroso para nuestra patria, la amarga conmemoración de nuestro infortunio, la inmensa tristeza que desprende nuestro histórico fracaso.

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