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Pozo de tormentas
01.05.08 -

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PRIMERO fue la construcción de una playa, y la gente dijo, bueno, habrá que soportar las molestias en aras de futuro. Todo sea por este mundo lúdico que nos prometen. Nos habíamos acostumbrado, los más antiguos, al sonido de las mazas enderezando chapas en los astilleros y a las locomotoras resoplando camino de los muelles. Pero todo aquello había concluido en un lodazal de carbón y tierra. Y la playa se hizo; y aquí se dijo entonces que para Gijón era un acontecimiento secular, como la llegada de un cometa. Mereció la pena soportar el rum rum de la maquinaria que inundó durante meses las callejuelas, desde El Natahoyo hasta los faldones del rey Pelayo.

También ocurrieron, antes y después de la conversión de la industria en playa, los combates navales, con pelotazos y voladores, luchando por la promesa de un pan. Cada conflicto entre el astillero y la Policía era, y seguirá siendo, un montón de patadas en el culo de los ciudadanos que tenemos la desdicha de vivir en este 'west side'. El barrio oeste, donde los bloques de hormigón colmeneros tapan las manchas no tan lejanas de sangre, sudor y lágrimas. Pero, dijimos: bien, hay que ponerse en el lugar de otro, aunque también habría que ponerse donde estaban los niños de una guardería, retenidos tres horas dentro de un autocar, rebozados en sus excrementos; pues las pobres criaturas todavía no llegaban a entender las palabras ajuste, desaceleración, reconversión y crecimiento negativo. Todo ello, tan claro como la mierda de sus pañales.

Vino más tarde, sumado al rayo que no cesa de las movilizaciones, el corte de la calle que une el barrio oeste con el centro de la villa, para poner tuberías al llamado pozo de tormentas. Oportuno nombre para semejante lugar. Y los ahormados ciudadanos daban sus rodeos, confiando que quien los obliga sabe lo que se trae entre manos.

Ahora, seguimos con otro corte, por el mismo motivo, y cuando nos atascamos en el obligatorio embudo mañanero, la radio anuncia tráfico fluido en esta villa de Jovellanos. A veces, convertida en ciudad de los prodigios.

Pero todo lo anterior no es nada comparado con la madre de todos los atascos que se avecinan. Diez días, en que los estampidos de la noche prepararán el ambiente mañanero de criaturas zumbadas, que irán de la cama a sus asuntos. Los del barrio oeste seremos, qué remedio, parte de los dos millones que tendremos que atravesar el gran invento. Notorio en todo el mundo; y más, cuando hay algún navajazo, algún tiro, algún desgraciado que se muere de un calambrazo y oye gritar desde su fibrilación ventricular: ¿que siga la fiesta!

Y el invento sigue, porque todo el mundo lo quiere. Cuanto más lejos, mejor, pero lo quieren. Y el invento durará cien años, como las sagas del Macondo, con gobiernos entregados y una oposición que bastante tiene con sus luchas cainitas.

Este 'west side' todo lo soporta en aras de la cultura. Además, le construirán rascacielos para que mire hacia arriba mientras le roban la cartera.

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