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Sociedad

CRÍTICA DE TV
Chikilipuaj
01.05.08 -

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SUBIDA en la ola chikichiki, La 1 se descolgó el martes noche con una suerte de monográfico Chikilicuatre. Primero, 'Chiki-chiki superstar'; después, 'Dansin chiki-chiki', presentado por Santiago Segura. Este último era el plato fuerte de la noche, y el ejercicio tenía coherencia: el inventor de Torrente junto al hijo del torrentismo estético. No tiene mucho sentido comentar 'Dansin chiki-chiki' como programa de televisión, la verdad. El espectáculo empezó con las go-gós de Chikilicuatre frotando los pechos sobre el rostro de Santiago Segura al grito de 'perrea, perrea' y terminó con Da igual cómo terminara. Yo no lo vi. Usted, seguramente, tampoco, porque la cifra de audiencia fue pésima: sólo un 10,9%.

La 1, sin embargo, había considerado que Chikilicuatre era un argumento digno de vestir el 'prime time' de una cadena pública. Nada de todo esto es inocente ni gratuito, por banal que parezca. Al revés, creo que precisamente esa banalidad debería hacernos reflexionar. Cuando se emplean palabras como 'crisis', 'decadencia' u otras de sonoro catacrás, uno piensa siempre en la caída de Constantinopla o en los últimos días de Pompeya, con sus cataclismos y sus grandes incendios. Es la imagen más gráfica que tenemos a mano, pero quizá no sea la más correcta; tal vez la verdadera decadencia no es la que se produce en un sólo y convulso movimiento, sino esa otra que va lenta y tranquila, suave, dulce, sin que nadie la perciba o, más precisamente, sin que nadie la considere peligrosa, porque resulta demasiado trivial, demasiado poca cosa como para tomársela en serio y, sin embargo, es esa gota malaya la que va perforando el cráneo hasta la muerte. Un fenómeno como este del 'Chikichiki', con todo lo que tiene de irrelevancia, de insignificancia, nos está diciendo muchas cosas todos los días: es la apoteosis del chiste por encima del concepto, la apología de la burla por encima del arte, la glorificación de lo más vulgar por encima de cualquier criterio de excelencia «Oiga, oiga, que sólo es una canción para Eurovisión», dirá el pompeyano. Pues sí, es verdad, pero ahí justamente está el problema: en que se niega valor indicativo al síntoma. Aquí es sólo una canción de Eurovisión, acá es sólo una serie de dibujos animados, allí es sólo un concurso de intimidades y acullá es sólo una película boba con subvención oficial, pero la suma -aquí, acá, allí y acullá- es un paisaje de vulgaridad universal y, lo que aún es más grave, un retablo donde ya no cabe nada que alguien pueda considerar «superior». Y entonces va el pompeyano y dice: «Es que eso de superior o inferior ya está pasado de moda, caballero». Claro: por eso ahora todo es inferior.

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