EL bar de un hotel de Málaga a eso de la una de la tarde. Lluvia y paz. La noche había sido larga -no para mí- y leía los periódicos, mientras me tomaba una cerveza acompañada de aceitunas verdiales. Ocupaba la mesa vecina una chica joven, rubia, atractiva, que se dirigió a mí: sabía quién era y esperaba ver mi película. Eso dijo con sonriente educación. Me hubiera gustado compartir las aceitunas con la chica, pero en aquel momento se cruzó un nuevo personaje. Era un joven muy flaco, un poco greñas, de larga nariz afilada, vaqueros rotos -seguramente carísimos- y sudadera desteñida, pero de marca. Se disculpó por haber hecho esperar a la moza y se sentó frente a ella. La chica rubia era periodista. Yo levanté las orejas y me dispuse a escuchar. Confieso que a mí me gusta mucho oír lo que dicen los humanos y que envidio al 'Diablo Cojuelo', personaje del que hablaremos otro día. Resulta que el joven un poco greñas era un poco actor, seguramente ídolo de las mocitas del contorno: lo que llamamos ahora un famoso y lo digo sin retranca, ni tercera intención. Me quedé enganchado en un tema: hablaba del guión de la película, donde había trabajado recientemente y lo hacía con abusivo desdén. Para el famoso el guión no existía, era algo así como un mensaje en teléfono móvil o una superflua indicación, que su talento modificaba a capricho. La chica me miró de reojo. Bajé las orejas y un poco abatido me fui a pasear con un paraguas, que me prestaron en el hotel.
Pobre guión de cine, inocente criatura si cae en manos de quien yo me sé.
Claro que la historia no empieza hoy, ni siquiera ayer. El guión ha sido manipulado tradicionalmente, porque el escritor no puede defenderlo por contrato y, con mucha suerte, va de invitado al estudio. Fueron los productores los que mandaron, también los directores e incluso los montadores y bien triste sería que en estos tiempos los famosos dedicaran sus afanes a despreciar al guión.
Lo he dicho mil veces y no me cansaré de repetirlo: el guión, siempre ninguneado, es también una pieza literaria. Tiene personajes, diálogos, situaciones cómicas, tensión dramática. Hasta hace muy poco tiempo lo ignoraba la Academia de la Lengua: pasaron de largo Azcona y Berlanga, pero llegó Fernando Fernán Gómez y ahora -a la muerte del maestro- José Luís Borau.
Estamos en Málaga, sale el sol y entro en una taberna de la calle Larios a tomarme una copita de manzanilla. Recuerdo una feria de hace años, bastantes años. Fui con un buen aficionado a los toros más de una vez. Una anochecida hablamos de cine. El aficionado dijo: en una película lo más importante es el guión Después, el guión Y en tercer lugar, el guión. Aquel aficionado a los toros se llamaba Orson Welles.