Lo gracioso es que los fustigados concursantes creen que Risto es su enemigo. No, nada más lejos de la realidad. Risto es un publicista contratado por Gestmusic para manejar un látigo de siete puntas y se limita a cumplir su contrato minuciosamente, por lo tanto es un personaje más de la televisión. No creo que nadie huya de Anthony Hopkins si lo ve por la calle creyendo que les invitará a cenar sesos al vino blanco, los del invitado a poder ser. No, por el contrario yo creo que Risto es el único amigo que tienen en el programa, y lo argumentaré.
El señor Mejide viene del universo publicitario, es decir, sabe perfectamente contar las fábulas con final feliz que todo el mundo quiere oír, y podría presentarles un mundo hermoso, un futuro platónico donde todo sería perfecto y no existiría la vejez ni el dolor ni la depresión ni el fracaso ni los problemas ni la locura ni la soledad ni ese vacío que hay dentro de nosotros, consciente y vigilante siempre. Risto podría articular una de esas estupideces publicitarias de rotación infinita para convencerles de que ya falta poco para ser otro rutilante Bisbal u otra glamurosa Chenoa. Pero no, porque Risto es sabio, Risto es bondadoso, Risto es buena persona y como experto ingeniero de conductas les advierte de que no son más que microorganismos en un plato de Petri, donde se experimenta con ellos.
Y lo hace insultándoles, despreciándoles, humillándoles, vejándoles con la esperanza de que entrevean más allá del decorado a lo Show de Truman la miseria que les espera -muchísimo más dura que cualquiera de sus frases hechas-; para que vislumbren el vacío existencial tras los focos que ahora les iluminan y que luego les quemarán como insectos, al darse cuenta de que nada existió, de que sólo fue una puesta en escena, un simulacro, y de que vuelven a pasar de categoría a anécdota. Y aunque Risto sabe que sus avisos correrán la misma suerte que los de la mitológica Casandra, Risto es sabio, Risto es bondadoso, Risto es buena persona y seguirá haciendo sangre allí donde haya que hacerla con la esperanza de que al menos uno de ellos se aperciba de que nunca ha sido censurable utilizar a la gente, tan sólo lo es dejar que lo adviertan, y, entonces, ese afortunado, ese joven que ha abierto los ojos, para decirlo bíblicamente, salga cagando leches del plató y no pare hasta Kamchatka.





