Gelman es un exigente trabajador en el duro y oscuro oficio de la producción poética, siempre orientado hacia la trascendencia religiosa más intuida que racionalizada. Para él, la poesía se ha convertido en la Cenicienta de la Literatura, que es una tierra en la que radica por profunda libertad.
Su poesía profunda y luminosa es muy reducida temáticamente. Esta selección de temas hace que los mismos se repitan en forma espiral a lo largo del tiempo.
La poesía de Gelman está esencialmente unida a su trágica vida marcada por el exilio, el secuestro de sus hijos (Nora, de 19 años, y Ariel, de 20) y la desaparición de su nuera Claudia, de 19 años, embarazada de siete meses. Estos desgraciados acontecimientos le convirtieron en una luchador incansable por los derechos humanos, lo que le llevó a una campaña internacional para denunciar la desaparición de su nieta, localizada en Uruguay. «Mi poesía -nos dice Gelman- antes de escrita fue llorada», por eso es tan auténtica y nada convencional y retórica. La poesía no es un lujo para esnobs, sino un compromiso por la libertad y la dignidad humanas.
Gelman llora con su poesía por su gran país, Argentina, siempre en peligro de rompérsele las costuras por planes económicos genocidas y que, según sus palabras, «navega en una crisis social notoria; sin embargo, nada ni nadie podrá cortar el hilo humano de la poesía, ése que nos constituía desde el fondo de los siglos como nuestra belleza posible».
El Premio Cervantes añade a Gelman un reconocimiento más, aunque muy importante, así como su consagración más reconocida, pero su poesía era ya un referente obligado de obra consumada con un altísimo nivel poético, que lo sitúa en primer puesto entre los grandes poetas líricos y épicos por su trayectoria ética y conducta ejemplar.
Yo, a quien me unen raíces profundas paterno-filiales y de amistad sincera y compartida con personas de esa gran nación que es Argentina (las calumnias y las mentiras nada pudieron contra la buena conciencia fundada en la Ley de Dios), he sentido gran alegría cuando Juan Gelman (el poeta de Buenos Aires), humilde y digno, recogía el Premio Cervantes para seguir trabajando en el milagro de la creación poética. Como canta en su breve pero intenso poema 'Mi Buenos Aires querido': Sentado al borde de una silla desfondada / mareado, enfermo, casi vivo / escribo versos previamente llorados / por la ciudad donde nací. / Hay que aprender a resistir. / No a irse ni a quedarse / a resistir / aunque es seguro / que habrá más penas y olvido.





