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Al-Qaida africana
02.05.08 -

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COINCIDIENDO con la expresión de una creciente preocupación de Washington por la implantación de Al-Qaida en el Magreb (el norte islámico de Africa), el ejército norteamericano asestó un severo golpe a la red de Bin Laden en Somalia, también islámica y también africana.

Un portavoz del mando central confirmó sin detalles que en un ataque (probablemente un bombardeo nocturno de precisión) contra un objetivo de Al-Qaida se había producido la muerte de diez militantes de la organización al-Shabab, entre ellos, su jefe, Aden Hashi Ayro.

Al-Shabab (los jóvenes) pasa por ser, en realidad, el ala militar de la oposición islamista somalí, los Tribunales Islámicos, que derrotaron en 2006 al Gobierno y fueron desalojados solamente cuando una fuerza panafricana fue reforzada por unos diez mil soldados etíopes, armados y financiados por Estados Unidos.

Aunque el cuerpo expedicionario etíope repuso a las autoridades exiliadas, su presencia agravó otros problemas, el principal de los cuales es que, en la histórica animosidad que se da entre etíopes y somalíes los primeros son percibidos como ocupantes por los segundos. Y, además, el rival regional de Etiopía, Eritrea, que obtuvo su independencia de los etíopes solo tras una larga guerra de resistencia, ha comenzado a ayudar a los Tribunales.

Los islamistas han recuperado posiciones y controlan buena parte del país, incluyendo el sur en su totalidad y, de hecho, la autoridad real del Gobierno se limita a la capital, Mogadiscio, y sus alrededores, con el vital aeropuerto.

Las bajas frecuentes que la fuerza etíope causa entre la población civil, como los doce muertos del martes, aumentan su impopularidad.

Al-Shabab es un producto local y está en la lista de organizaciones terroristas por lo menos tras los graves atentados de 1998 contra las embajadas norteamericanas en Nairobi y Sar es-Saalam. Fichó por Al-Qaida, si vale decirlo así, con la clásica expresión de obediencia a Bin Laden y entró a fondo en la guerra civil y confesional en Somalia.

La muerte de su líder, rápidamente reconocida, es una pérdida de envergadura, pero, en sí misma, no alterará duraderamente la difícil situación sobre el terreno.

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