Aquel sábado se presentaron en Ribadesella dos jóvenes del grupo Torreblanca de Oviedo, Elías Ramos Cabrero y Ruperto Álvarez Romero, en busca de «un chico alto, de gafas, que anda viendo cuevas». Se dirigieron a la oficina de turismo y allí Julio, el encargado, les puso en contacto con el jefe de la Policía Local, Manolo Canto, y éste les acompañó al domicilio de la persona que buscaban. Aquella persona era el riosellano autor de este artículo, Malvárez.
Los dos extraños querían un guía con el que visitar el mayor número de cuevas posible. Tras una larga conversación, Malvárez decidió incorporar al proyecto a otro riosellano, Adolfo Inda Sanjuán, a la postre, la primera persona que vio las pinturas, el extraordinario Camarín de las Vulvas. Los cuatro al día siguiente iniciaron la exploración de la zona oriental del concejo: Tinganón, Cueva del Barru y Sima L'Utre, incorporando al resto de expedicionarios. La lista se completaba con Amparo Izquierdo Vallina, Celestino Fernández Bustillo, Eloisa Fernández Bustillo, Fernando López Marcos, María Pía Posada Miranda y Pilar González Salas.
18 de marzo
El 18 de marzo visitaron La Cuevona, la Cueva del Tenis y La Lloseta, las tres en el macizo de Ardines y para aprovechar el material adquirido, decidieron descender por la sima del Pozu'l Ramu, también conocida como La Cerezal, inédita tanto para Inda como Malvárez. Este último recuerda que para desprenderse por aquel abismo oscuro y desconocido utilizaron 120 metros de cuerda. La noche se les echó encima y tras comprobar que la caverna se dividía en tres galerías, decidieron posponer su exploración para Semana Santa.
El grupo de intrépidos jóvenes volvieron a reunirse el 11 de abril, Jueves Santo. Bien pertrechados reanudaron la exploración. Tras una larga caminata por aquellas galerías, surgió la primera sorpresa, el Camarín de las Vulvas. Minutos después, aparecieron los caballos y ciervos del Panel Principal. Ese fue el día del descubrimiento. Excitados por la emoción abandonaron la cueva con la intención de hacerse con cámaras fotográficas con las que dar testimonio de lo que habían encontrado. Esa misma noche pidieron ayuda al coadjutor de la parroquia, José Castaño y a su hermano Ramón y al día siguiente, con varias cámaras y flashes consiguieron inmortalizar su hallazgo.





