
-La culpa de todo la tiene su padre.
-Sí. Era un médico, historiador y aficionado a la fotografía, con un laboratorio en la misma consulta. A los 9 años me puso una cámara en las manos y me enseñó. Además, de él heredé un archivo histórico impresionante, con fotos de Navia desde 1860.
-Habrá ahí de todo.
-¿Figúrate! Algunas son increíbles, como un día que pasó por Navia un zepelín. O la visita que nos hizo el Príncipe de Asturias... de 1920. Estoy hablando con el Ayuntamiento para editar un libro.
-Luego crece y se mete de fotógrafo de arquitectura... por culpa de su ex mujer.
-También. Ella era arquitecta, igual que mi hermano, y al final, miras las revistas, te atrae el mundillo, y empiezan los encargos.
-Usted, que es de los que se levantan esperando al luz del amanecer, que dice buscar la poesía en cada imagen, ¿cómo vive esta revolución democrática que dice «un hombre, una cámara de fotos»?
-Se pierden cosas. Pienso en los fotógrafos de pueblo, que antes iban y te sacaban las fotos de los cumpleaños, comuniones, de los momentos importantes. Hoy están casi desaparecidos. El otro efecto es que se hacen fotos porque sí, a cualquier cosa. Cuando tuve una cámara digital, sentí esa tentación. Ahora he vuelto al analógico: te fuerza a buscar la calidad.
-¿Cómo le sienta estar al otro lado del objetivo, como en la foto de esta entrevista?
-Es que hay muy poca gente capaz de hacerle buenas fotos a un fotógrafo. Es complicado hacer un retrato, pero ésta me gusta bastante.





