Con intérpretes muy eficaces (Bob Hoskins, James Fox, Peter Falk), su puesta en escena es correctísima y sus efectos especiales aceptables. Respeta bastante el original literario, aunque le añade sal femenina y le cambia el sabor a algunos personajes; en lo demás mantiene el espíritu que Conan Doyle quiso dar a su relato, que es una mezcla bastante desbocada de ciencia-ficción, fascinación por lo exótico, darwinismo y espiritualidad extravagante.
Estos rasgos no deben extrañar. Conan Doyle escribió 'El mundo perdido' en 1912, y aquella era una época muy dada a semejantes combinaciones. Por un lado, en los ambientes científicos era cosa común la discusión acerca del darwinismo, vigente desde medio siglo atrás. Por otro, en los círculos más o menos semi-ilustrados ya había hecho furor el espiritismo: el químico Crookes había tratado de aplicar el método científico a los fenómenos parapsicológicos. Nace entonces un tipo de científico muy peculiar, muy característico del tránsito entre los siglos XIX y XX: negador radical de la teología, pero dispuesto a comulgar con cualquier fenómeno extravagante.
Conan Doyle, médico de aptitudes más bien mediocres, pero hombre de ciencias al fin y al cabo, pertenecía a tal género de personas. Esa obra suya, 'El mundo perdido' está teñida de aquella combinación singular de cientifismo y espiritualidad a la carta. A eso hay que añadir, en el plano literario, la atención al escenario prehistórico, que es una rama muy propiamente moderna de la literatura: la iniciaron los hermanos Rosny hacia la misma época y dejaron cosas tan notables como 'La guerra del fuego' (1911), llevada al cine en los años ochenta por Jean-Jacques Annaud.
Hoy la nostalgia del saurio o la fascinación por el pre humano son cosa cotidiana. Sin duda se trata de un rasgo característico de nuestra civilización. La película de TVE-1 sirve para recordar que en esta pasión, tan problemática, Conan Doyle fue uno de los grandes pioneros.





