Hay hombres que nacen y viven como árboles. Duros, con raíces, dispuestos a hacerse sombra, a hacerse leña también y a estar siempre de guardia, a ser siempre un punto de referencia para el resto. Allí, como un árbol alto y frondoso, estuvo Paco cuando hubo que trabajar, cuando hubo que organizar una fiesta, comer unos callos, beber un buen vino, hablar con los amigos, transmitir entusiasmo, pensar obras para mejorar la parroquia, organizar un trabajo en andecha, usar su maña natural para resolver problemas o arreglar chismes, emplear su talento y su talante para animarnos a todos los que tuvimos la suerte de tratar con él.
Los árboles que plantó Paco con un grupo de niños cuando ya sabía que la vida se le iba, serán semillas de Paco enganchadas para siempre en la tierra a la que tanto quiso y por la que tanto dio. Los tipos con raíces como Paco quedan siempre anclados a los suyos, a sus almas, a sus recuerdos y a su memoria.





