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UNA DE DOS
Alarma sanitaria Ambos articulistas opinan sobre el polémico asunto del aceite de girasol supuestamente contaminado Medidas pringosas
03.05.08 -

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HUBO un tiempo en el que las sardinas en particular, y todo el pescado azul en general, eran tremendamente nocivos para la salud, según los expertos. Un buen día, los expertos se cambiaron de chaqueta y bendijeron el pescado azul en medio de un «aquí no ha pasado nada». No sé si nos intoxicaremos con aceite de girasol, pero lo que sí está claro es que, el día menos pensado, nos ahogaremos en un vaso de agua. La sociedad de hoy vive en un estado de psicosis permanente en el que cualquier motivo es suficiente para meterse en una burbuja con la firme intención de no salir de ella. Ningún lugar es seguro. La letanía de amenazas se extiende desde una nube radiactiva hasta una invasión marciana, pasando por un nuevo disco de Camela, y nadie nos libra de las muchas y variadas catástrofes que se nos ofrecen cada día.

Cierto que tampoco hacemos nada para esquivar a los agoreros, y así nos luce el pelo. Un buen día, alguien nos cuenta que, en un lejano país llamado Ucrania, alguien ha contaminado una pequeña partida de aceite. La solución, cómo no, es retirar todas las existencias de aceite de girasol en España. Si amputamos el brazo desde el hombro, puede que se nos quite el picor que tenemos en el dedo, aunque no sea la forma más lógica de proceder. Máxime, si es público y notorio que tiene más peligro el aceite reutilizado con el que se fríen las patatas en algunos chiringuitos. Pero ahí no pasa nada, porque el aceite es de confianza: lleva en la freidora desde que reinaba Carolo.

No ha sido una decisión muy acertada crear tanta alarma social como ha generado la medida de Sanidad, pero lo peor de todo es que si lo de retirar el aceite no se hubiera llevado a cabo, ahora arreciarían las críticas hacia el Gobierno. Y es que nos gusta sufrir. Hervimos a los niños enteros para que no cojan infecciones, llevamos el coche lleno de dispositivos superfluos y supercaros, y nos dejamos humillar en los aeropuertos en aras de la seguridad. Hoy nos quitan el aceite de girasol y mañana nos lo dan, y ni siquiera nos parece mal. Lo peor no son las amenazas; lo peor es que les hacemos caso. Un día llegará el lobo de verdad, como en el cuento, y nos llevará la freidora.

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