Cierto que tampoco hacemos nada para esquivar a los agoreros, y así nos luce el pelo. Un buen día, alguien nos cuenta que, en un lejano país llamado Ucrania, alguien ha contaminado una pequeña partida de aceite. La solución, cómo no, es retirar todas las existencias de aceite de girasol en España. Si amputamos el brazo desde el hombro, puede que se nos quite el picor que tenemos en el dedo, aunque no sea la forma más lógica de proceder. Máxime, si es público y notorio que tiene más peligro el aceite reutilizado con el que se fríen las patatas en algunos chiringuitos. Pero ahí no pasa nada, porque el aceite es de confianza: lleva en la freidora desde que reinaba Carolo.
No ha sido una decisión muy acertada crear tanta alarma social como ha generado la medida de Sanidad, pero lo peor de todo es que si lo de retirar el aceite no se hubiera llevado a cabo, ahora arreciarían las críticas hacia el Gobierno. Y es que nos gusta sufrir. Hervimos a los niños enteros para que no cojan infecciones, llevamos el coche lleno de dispositivos superfluos y supercaros, y nos dejamos humillar en los aeropuertos en aras de la seguridad. Hoy nos quitan el aceite de girasol y mañana nos lo dan, y ni siquiera nos parece mal. Lo peor no son las amenazas; lo peor es que les hacemos caso. Un día llegará el lobo de verdad, como en el cuento, y nos llevará la freidora.





