
La industria de la cal en el concejo de Ribadesella se remonta a tiempos inmemorables, aunque los primeros vestigios que se han localizado en ese trabajo de campo corresponden al siglo XVII. Hay que tener en cuenta que la obtención de cal es el elemento de transformación química más antiguo de la humanidad. Primitivas civilizaciones como la egipcia o la inca fabricaban cal tanto para su uso en la construcción y la pintura, como para la agricultura. Posteriormente también formó parte del proceso de transformación de la remolacha en azúcar o incluso en la extracción de la veta férrea en las minas de hierro y carbón.
La actividad de los caleros riosellanos se prolongó hasta mediados del siglo XX, hasta las décadas de los 50 y 60. En la zona de El Picachín, cerca de Sebreñu, se conservan dos hornos de cal que pertenecieron a la familia de Emilio del Valle. «Se mantuvieron activos hasta ese período de autarquía de posguerra, hasta la introducción industrial del cemento Pórtland», explicó del Campo. Se trata de construcciones en mampostería, ladrillo o combinación de ambas en cuyo hueco interno, en forma de tronco de cono invertido, se realizaba la calcinación mediante el fuego. Estos dos hornos son de combustión permanente, «porque por sus características se podían estar rellenado con cargas de cal y carbón de manera continua», añadió la técnico municipal en patrimonio.
También se han localizado otros dos hornos de combustión intermitente en Cuetu Milán, cerca de Ardines, y en Camangu. «Estos son más rústicos y antiguos. Uno de ellos puede estar datado en el siglo XVII y el otro en el XVIII o principios del XIX», aseguró Teresa del Campo. Estos funcionaban de forma diferente. «Se llenaban con la carga de cal y árgoma y una vez que se completaba toda la combustión se vaciaban para volverlos a llenar», explicó.
En torno a la recuperación de estos elementos etnográficos pertenecientes a la arqueología industrial de los caleros, Teresa del Campo ha diseñado una ruta senderista que comienza en el barrio del Picu de Ribadesella, atraviesa el Malecón y sube por el Camino de Juan para acceder a Sebreñu. Desde aquí continúa hacia San Miguel de Ucio, asciende al Cuetu Milán y baja hasta Ardines y La Huertota para regresar al Picu. «Un circuito que puede realizarse en unas dos horas de recorrido y que es muy fácil de completar», señaló. Además, de disfrutar de muy variopintos paisajes, también permite conocer otras construcciones de relieve como la casa solariega de la familia Junco, la iglesia de San Miguel, así como la depresión de la Gorgoncera, donde se oculta el río San Miguel para atravesar la prehistórica cueva Tito Bustillo.





