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Oviedo

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Ascensión mundial
Los nuevos ovetenses llegados desde Senegal, Argentina o Perú, también ven en la feria un reflejo del campo que han dejado atrás

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Ascensión mundial
CARBUÑAR. Un hombre enseña cómo afilar una guadaña en el recinto ferial de la losa de Renfe. / MARIO ROJAS
Entre niños y abuelos hay un negro, inmenso, de casi dos metros, mirando fijamente a una especie de gallina. De repente, el ave se balancea y el hombre empieza a reír. «Es que me hace pensar en los mercados de mi país, donde también venden muchas de estas gallinas, pero allí nunca las había visto tan gordas, no podemos alimentarlas mucho», explica. Mustafá Dieng tiene solo 18 años, y vino de Senegal. Ayer a este nuevo ovetense le pasaba lo mismo que a los más veteranos: pasear por la Feria de la Ascensión le llevaba a la infancia.

Para lograr ese y otro efectos, sobre la Losa de Renfe, como otros años, se han desparramado un concejo de carpas que huelen a gallinas, cabras y queso. Los animales hacen de imán con los más pequeños, la gastronomía, con los mayores. Y entre medias, los artesanos asombran con sus oficios.

Y es que el campo se venga. Desde el medievo ve cómo las gentes lo abandonan para concentrarse, todos juntos, en ciudades de asfalto y rascar cielos. Pero allí, en vez de trabajo duro y de poco fruto, los praos se vuelven sinónimo de paraíso que todos perdieron tanto en Oviedo como en Sudamérica. «Es fantástico volver a encontrarlo», manifiesta Nancy Araujo, argentina que en Asturias puso su granito contra la despoblación. Ese granito se llama Nancy, y ayer no había quien la despegara de los asturcones.

«Oviedo es una ciudad tan buena que hasta tiene, con la Ascensión, ese poquito de campo en el que yo crecí y que quiero que mi niña vea», juzga Nancy. «Los niños de ahora pasan el día embobados con la videoconsola y no con la familia; hay que luchar contra eso, hay que traerlos a este tipo de sitios», aconseja.

A esta americana, la protesta contra las nuevas tecnologías le emparenta directamente con el 'Che de Cabaños'. El interprete de tonada se dejó ayer la voz en una carpa donde abundaban los años y escaseaba el pelo. Enfundado en traje y corbata, daba la planta de un banquero. Pero luego abría la boca: «Mira como pasea la Guardia Civil, así también paseó yo, para ver si te veo con otro morena, para ver si te veo con el que tú sabes». José García, que así se llama este Che, canta echando de menos «aquellos tiempos en los que no había televisión en los chigres; ahora en cuanto te pones con la tonada, alguien te reprende porque prefiere oír la caja tonta».

Una de las novedades en la edición de este año está en la carpa de Llabores d'antaño. Allí puede tropezarse con el peruano Beto Bueno o la ecuatoriana Jaqueline Abalco, analizando cada detalle. «Venimos todos los años porque nos gusta comparar con lo que vivimos de niños en nuestros países», dice ella. El hombre lo tiene todo más fresco: hasta que se aventuró a la inmigración, trabajaba en el campo con sus padres. «Pero allí es más duro: plantar patatas te obliga a picar varias veces la tierra, porque es más dura y menos fértil», informa.

Por ahí pasan dos niñas, buscando animales. El color de sus pieles es distinto, las ganas de pasarlo bien, el mismo. «Me han gustado los peces, los cuernos de la cabra porque pinchan, y los caballos, que nunca los había visto». Así resume La Ascensión Carmen Esonoada. Tiene 7 años, y ganas de vivir «más campo».

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