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Castrillon
La memoria de AZSA en su cabeza
Víctor Cires entró en la empresa en 1918, se retiró tras 51 años de dedicación y ahora complementa el archivo con sus recuerdos y el material que ha ido recopilando
04.05.08 -

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La memoria de AZSA en su cabeza
HISTORIA. Víctor Cires guarda en su casa documentos tan curiosos como la ficha de trabajador de su padre. / TANIA
Hace poco más de un mes Asturiana de Zinc mostró durante una semana parte del contenido de su impresionante archivo histórico, donde se acumulan miles de documentos. Historias tan curiosas como la existencia de una carta de amor tipo en la que sólo hacía falta rellenar el campo reservado al nombre del enamorado tienen cabida en este fondo documental. Una suerte de memoria oficial de una empresa con más de 170 años de historia.

Pero la memoria es una construcción que va más allá de los documentos y que debe contar con los recuerdos orales para intentar ser un poco más completa. A Víctor Cires, 84 años, vecino de Piedras Blancas, se le podría definir entonces como el 'otro archivo' de Asturiana de Zinc. «En aquella época los guajes andábamos todo el día atravesados por ahí. Un día fui a pedir trabajo, porque mi ilusión era trabajar con mi padre, que conducía la Eleonore. Entré en la empresa el 4 de julio de 1938 cobrando cuatro pesetas al día», recuerda haciendo gala de una impresionante memoria Víctor Cires.

La cabeza de este antiguo trabajador de Asturiana de Zinc, antes Real Compañía Asturiana de Minas, está llena de imágenes, nombres, datos. La conversación se convierte entonces en una cascada de recuerdos difíciles de ordenar. Comenzamos entonces por el peor de ellos. «Fue en la primera época, cuando entré a trabajar. Tenía 14 años y me pusieron a sacar grijo de la playa de El Cuerno. A ese tajo lo llamaban el garrote, por el garrote vil». Para entender el sobrenombre del trabajo es necesario conocer la descripción del mismo. «Teníamos que entrar a marea baja, cargar cestos de grijo fino y subirlos hasta la carretera. Nos pagaban por viaje. La media jornada eran 55 cestos y la jornada completa 110. Nunca hice más de media jornada. Acababas reventado, pero nunca me negué a ningún trabajo».

Estuvo en ese puesto algo más de un año, lo que tardó en cumplir el sueño que perseguía cuando fue a pedir trabajo a la empresa. Su nuevo cargo: fogonero de la Eleonore. «Era una locomotora de vapor pero estaba muy bien preparada. Los tubos de la caldera eran de cobre, un material que resiste muy bien la dilatación. Había otras que eran de hierro. Se rompían con más facilidad y te armaban allí la de Dios».

Durante 16 años, los últimos de funcionamiento de esta máquina que ha vivido desde entonces encerrada en el castillete de la mina de Arnao, trabajó con la locomotora cubriendo el trayecto entre la factoría de Arnao y los muelles de San Juan. Era una época en la que «la seguridad no era como ahora. Arnao era un semillero de vías y todo se transportaba en vagonetas. A la salida del túnel pequeño, que en realidad era el grande porque tenía 623 metros, había una roseta para cambiar la dirección de las máquinas. A veces, algún trabajador te la dejaba mal puesta y había que tirarse de la máquina en marcha porque descarrilaba», recuerda Cires, que no define el episodio como un accidente. «Tuve una suerte tremenda. Nunca tuve un accidente».

Cronometrador

Pocos años después empezó a trabajar de «cronometrador», un trabajo inventado por Henry Ford que también se aplicaba en Asturiana de Zinc. «Medíamos lo que se tardaba en hacer cada tarea para ver lo que se podía mejorar».

El trabajo, la organización y el trato con el personal en la factoría de Arnao respondía a un modelo empresarial de estilo paternalista. La empresa facilitaba vivienda a sus trabajadores y disponía de economato o de hospital. En los años sesenta, Víctor Cires comenzó a vivir en la que luego sería la ya vieja sede del Archivo Histórico de AZSA. «Era una casa de ingenieros con quince habitaciones, dos bodegas para vino, dos lavaderos Era enorme, así que le dije a la empresa que cerrara algunas habitaciones porque no necesitaba tanto espacio».

Su relación con la historia documental con la empresa llega más allá. Durante años, Víctor Cires se ha dedicado a recopilar datos y escritos o fotografías sobre esta compañía. Incluso tiene una copia de su propia ficha de jugador del club de fútbol de la empresa, el Arnao, además de la ficha de trabajador de su padre. En archivadores guarda imágenes de la Casona de Arnao o de los mineros trabajando en el castillete. «Algunas cosas las cedí a la empresa para las jornadas de puertas abiertas que hicieron hace poco». La empresa no sólo se ha beneficiado de su afición por los documentos antiguos, también lo ha hecho de su memoria. «Me llamaron para que identificara a los cuadros de mando de la empresa y para ver si podía decirles los motes de muchos trabajadores. Allí nos conocíamos todos».

Los últimos años de su vida laboral los pasó Víctor Cires en la factoría de San Juan de Nieva de Asturiana de Zinc. No guarda buen recuerdo de la época. «Allí éramos números». Todo lo contrario de lo que ocurría en Arnao. «Cualquier trabajador podía entrar a al despacho de los jefes, sabían tu nombre Parecen cosas que no importan pero en San Juan, cuando ibas a las oficinas a cobrar y te pedían tu número te sentías como un preso».

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