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'Derrumbe'
¿Qué tienen en común un asesino en serie y tres jóvenes aburridos organizados en grupo terrorista? El miedo

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Primera Parte MORTENBLAU isparó y la cabeza rebotó y vio cómo los ojos se nutrían por última vez de un sorbo de luz y cómo luego se iban tiñendo de sombras -sombras en las que pudo ver su propio reflejo con el brazo aún extendido- y cómo finalmente se apagaban igual que una estrella lejana que parpadea con inusitada fuerza antes de extinguirse para siempre concentrando en ese último brillo todo lo que un día fue: su esplendor, su mérito, su excelencia: la asombrosa y asombrada evidencia de haber sentido, de haber gozado, de haber reído: de haber sido.

Luego se acercó al hombre y lo rodeó y olió su sangre fresca y se llevó a la boca un rastro de huesos y de cuero cabelludo y allí erguido, en pie como un tótem oscuro, en la habitación apenas iluminada por la luz de gasa de las viejas farolas de época, cualquiera que lo hubiera visto mientras saboreaba aquel puñado de materia confusa habría sentido la tentación de escapar muy lejos y muy deprisa.

- ¿Qué es eso? -preguntó Manila al Inspector.

- Un zapato, siempre deja un zapato.

- ¿Un zapato?

- Un zapato de su anterior víctima.

-Ya.

- Tenemos cuatro pares.

- ¿Cuatro pares?

- Sí. Cuatro pares completos e incompletos.

- No entiendo.

- Completos porque siempre deja primero el pie izquierdo y luego el pie derecho; incompletos porque los modelos no coinciden.

- Y siempre lo hace.

- Siempre.

- Como una marca.

- Exacto.

- ¿Y el primer zapato que dejó?

- Creemos que era suyo.

- Pero podría ser de una víctima anterior.

- Podría.

- ¿Y entonces?

- Entonces, por deducción, seguiríamos remontándonos de crimen en crimen.

- Pero sólo hay ocho zapatos.

- Sólo ocho.

- Y sólo hay ocho cuerpos.

- Que nosotros sepamos, sí.

- De acuerdo.

Manila se acercó al cadáver, también lo rodeó y miró el boquete por el que se había derramado la vida, el tiempo, ciertas ilusiones y unas pocas esperanzas.

Se llevó un dedo al bigote que no tenía desde hacía varias semanas y pensó: «Qué hago aquí en la habitación del diablo», pero no dijo una sola palabra al Inspector que lo miraba con respeto y con paciencia, sino que se limitó a saludar con una inclinación de cabeza.

Entonces dejó la habitación, bajó las escaleras contando cada latido de su corazón, salió a la calle y se detuvo bajo una vieja farola para desde allí mirar primero la ventana tras la que había un hombre con la cabeza destrozada, observar luego sus zapatos y, al fin, decirle a la noche esta única, precisa, rotunda palabra:

- Ocho.



Igual que a una novia en su noche de bodas, así tomó a la puta en brazos y cruzó con ella el umbral y la echó sobre la cama, pero ya no como si fuera una mujer, alguien por la que iba a pagar dinero, sino como si fuera un fardo de ropa o una saca de correos, algo inanimado que no conoce el hambre ni las caries ni el frío.

Ella buscó alguna señal en los músculos de su cara y creyó comprender y rezó a quienquiera que pudiera escucharla para que al menos él no le hiciera daño y para que si se lo hacía fuera lo más rápido posible.

Después cerró los ojos con vergüenza y escuchó el ruido del grifo estropeado e imaginó que él se estaba afeitando en el baño o lavándose las axilas o el sexo o los pies o sabe Dios qué, hasta que unos minutos más tarde pudo oírlo cuando volvió a la habitación tapando la luz que salía del baño y se acercó a ella y la besó bajo las orejas, con un gesto tan dulce y tan sabio y tan lleno de otras mujeres y de otros días que ella pensó por un instante que se había equivocado y que su miedo era una sensación absurda porque aquel hombre era sólo un cliente educado decidido a pasar un buen rato.

Entonces él se aupó sobre las palmas de sus manos y se frotó contra ella como el mar contra una playa vacía y sacudió su hermosa cabeza frente al cabecero de la cama mientras balanceaba la polla a la altura de su cara y ella se debatió como un pulpo vivo bajo aquel resplandor de la carne y por encima de sus cabellos, mientras hacía esfuerzos para no ahogarse, disciplinada y sumisa y experta, pudo escuchar cómo el hombre gritaba una, dos, tres veces, y después sintió el salado temblor recorrerle la garganta y supo que él se había vaciado y que todo había terminado y que era momento de descansar.



Manila miró dormir a la niña, se sentó a su lado y avanzó una mano hasta el pelo de la pequeña. Pero no llegó a tocarla. Pensó en la palabra contaminación y detuvo su mano, como un pájaro sin rama, a escasos centímetros de los cabellos de su hija. Luego se acarició el bigote ausente y maldijo en voz baja unas cuantas veces, pensando en que si algún día el demonio en alguna de sus muchas formas visitara su hogar, él preferiría cortarle el cuello a su hija antes de que ella tuviera ocasión de verle.

Se quedó allí unos pocos minutos, mirándola dormir, sintiendo cómo sus ojos giraban sin descanso bajo los párpados abultados, soñando los sueños de los niños de cinco años, lúcidos, esperanzados y al tiempo seguramente abominables, con sus pesadillas de alacranes, abismos y duendes barbilampiños, con sus tiernos juegos con animales galvanizados por la risa, el afecto y la caricia de esas manos tibias que todavía no conocen ninguna de las posibles estancias de la corrupción, de la podredumbre, de la muerte.

Después se levantó, entró en su propia habitación, miró el cuerpo grande y grávido de su mujer, tuvo miedo de aquel ser que latía allí dentro y dedujo que el mundo era un lugar extraño, confuso y lleno de recovecos en los que la vida y la muerte jugaban una partida obscena. Entonces la voz lo arrancó de sus reflexiones:

- Ven a la cama de una vez.

Y Manila se desnudó, se quitó su cansancio, su temor y su rabia.

Tumbado sobre la espalda, mientras en el techo una lámpara en forma de pelícano de papel se movía sin estrépito, se durmió arrullado por el calor de aquel voluminoso recipiente que a su lado atesoraba dos corazones.



Lo despertó la sed. Un fuego alrededor de la boca llena de ampollas. La lengua le sabía a cal y a herrumbre.

Miró por la ventana y vio un paisaje calcinado, con árboles negruzcos y casas desvencijadas y animales desplomados en mitad del yermo.

Apretó los párpados y todo se desvaneció. Nada de eso existía. La sed desapareció. Su boca era clara como un vaso de agua. Su aliento era el de un bebé.

A través de la ventana vio caminar a una mujer con un niño de la mano y un perro lerdo y gordo, manso como un cerdo, trotando tras ellos.

Alargó la mano derecha y tocó la culata fría. Seguía allí, como un dios dormido.

Permaneció tendido durante las siguientes cuatro horas. Cuando se levantó al fin, orinó, defecó, fumó dos cigarrillos sentado sobre el hedor de sus propios excrementos, hasta que el olor del tabaco se mezcló con el de su mierda, se duchó, se afeitó, salió fuera, pasó delante del niño, que ahora jugaba solo con un viejo trapo de colores, miró a los ojos del perro manso, montó en su coche y se fue.

El perro entró rascándose el lomo con la puerta y olfateó y giró en redondo buscando su propia cola, de modo que cualquiera que lo hubiera visto habría pensado en que de un momento a otro se iba a arrancar la cabeza o a aullar hasta que la garganta se le rompiera como la cuerda de una guitarra. Luego, sin embargo, pareció calmarse y dio dos zancadas hacia un lado, vacilantes pero zancadas al fin y al cabo, y se quedó quieto mirando el cuerpo desplomado a la altura de sus ojos y dio otras dos zancadas y olfateó la cabellera y olfateó el vientre y abrió la boca y tomó aquello entre los dientes antes de girar sobre sí mismo y salir al pasillo y desandar el camino y cruzar el patio y entrar en la recepción con sus ojos anhelantes y llenos de dudas pero aun así fieles.

A la mujer se le cayó el periódico que leía al ver entrar al perro.

- Suelta eso -dijo-. Suelta eso.

Y el perro obedeció al instante y abrió sus fauces y al suelo cayó una mano delgada y más bien pálida en la que faltaba el dedo índice, una mano sabiamente cortada a la altura de la muñeca, como si una cimitarra o una guillotina, un objeto tan afilado como certero, un instrumento concebido para herir y muti- lar y destruir, la hubiera cercenado con un único y experto golpe.

- Ya son nueve.

Manila reconoció la voz del Inspector.

- Nueve qué -dijo sin querer comprender.

- Nueve zapatos.

Manila miró a su hija sorber la leche. Un bigote blanco y afilado, como una mancha de cal o de tiza, se dibujaba bajo la nariz respingona.

- Voy para allá.

Colgó. Se sentó. Saboreó su café. Se quemó la lengua.

Maldijo sin palabras. La niña lo miró, rió como un gnomo y se abandonó entre sus brazos. Manila sintió que aquella carne era sólo un atajo para continuar vivo. Las lágrimas le atenazaron la garganta y, enterrando la cara en el pelo de su pequeña, lloró todas las cosas que la noche previa no se habían atrevido a nacer.



Miraron el mapa de los zapatos y movieron la cabeza.

- No tiene sentido -dijo el Inspector.

Era bajo, compacto, terroso: un bloque de carne.

- Primero al norte, luego al sur, otra vez al norte, dos veces al oeste, dos más al norte, el hombre del disparo en la cabeza al oeste y la puta otra vez al sur.

Miraron otra vez el mapa y luego se miraron entre ellos.

- Es como la vida -dijo Manila.

- Como la vida -repitió el Inspector.

- El sentido de la vida es su carencia.

- Entiendo. Es usted filósofo.

- A ratos.

Fumaron.

Entraron dos hombres. Manila no los conocía. El Inspector los saludó como a viejos amigos, los tomó del brazo, les ofreció cigarrillos.

Los cuatro se sentaron. Cada uno ocupando un punto cardinal. Manila reparó en que él ocupaba el este de la habitación. Se había librado. Por el momento se había librado.

Los hombres dijeron sus apellidos: Olsen el más flaco; Gudesteiz el gordo bisojo.

- Curioso apellido -dijo Manila. El bisojo no respondió. El humo tapaba su ojo sano.

- Es un apellido noble -dijo el Inspector.

- En Gudesteiz lo único noble es su estómago -dijo Olsen.

Rieron. Fuerte. Con ganas. Era la primera risa que compartían los cuatro.

Trabajaron hasta la noche. Cuando salieron a la calle, se sintieron mareados después de tanto fumar.

Olsen propuso una parrilla argentina y los demás aceptaron. Aquella noche, al llegar a casa, Manila se sintió indispuesto.

Vomitó en el baño muy tieso, como si le hubieran metido una escoba por el ano. No se sintió con fuerzas para ver dormir a la niña. Su mujer -el vientre enorme, un puro clamor- lo recibió roncando.

- Puta carne -dijo Manila.



Casi a medianoche, cerca del muelle, escuchó un ruido. Al principio creyó que era un trueno, un trueno muy lejano, así que detuvo el paso, miró al cielo y esperó. Pero no podía ser un trueno. La noche estaba tan clara que casi dolían los ojos al mirar el cielo. Era como estar dentro de un acuario.

Cuando por segunda vez escuchó el ruido, comprendió que provenía de la encrucijada donde las cuatro calles confluían, el único lugar en varios metros a la redonda al que, como por ensalmo, la luz de las estrellas no llegaba, creando un profundo pozo de negrura, una especie de paréntesis de la visión.

Al llegar a la encrucijada el sonido se volvió más nítido. El falso trueno se había convertido en una especie de ronquido, como la respiración de alguien que ha bebido demasiado. El ruido latía en la oscuridad, casi a sus pies. Aunque no veía nada, no sentía miedo. En ningún momento experimentó temor allí en pie, solo en mitad de la encrucijada, cercado por un mundo de sombras al cual el mensaje de las estrellas no llegaba, como si en aquel cruce de caminos, en aquel vórtice junto al mar, en aquel islote rodeado de tierra luminosa, una mano de gigante hubiera barrido de golpe toda esperanza de luz.

Era curioso estar en aquel país negro bajo el prodigio de los astros.

Ciego entre los visionarios.

Mudo entre los aulladores.

Sordo entre los directores de hombres.

Entonces sucedió. Sucedió que vio encenderse un animal, un león o su fantasma o su esqueleto o su encarnadura.

Lo vio brillar mientras rugía con las fauces abiertas, lo vio palpitar mientras daba media vuelta y caminaba hacia la luz anhelada como un gran gato fosforescente, como un enorme aunque liviano fuego fatuo, como una emanación nacida de algún lugar secreto y peligroso, algún lugar en el que sus días se habían ido cargando de imágenes horribles, como una pila tóxica.

Nada más entrar en contacto con la luz, el león, o lo que aquello fuera, se desvaneció.

Un minuto más tarde, los focos de un camión de la basura lo arrancaron de su fascinación.



Manila tocó el vientre pulido como una esfera y aproximó el oído. Escuchó ruido de cañerías, gemidos e incluso una risa sofocada.

- Se ha reído -dijo.

- Los fetos no ríen, mi amor -respondió su mujer.

Follaron casi sin tocarse, con mimo, sin audacia, como viejos amantes o como lesbianas. No sudaron.

Luego Manila se levantó, se cuadró ante el espejo y contempló a su mujer tendida de espaldas.

- Cuando me enamoré de ti llevabas aquellas enormes patillas -dijo ella sin volverse-. Te sentaban mal y al mismo tiempo resultaban seductoras.

Mientras preparaba el afeitado, Manila observó los estragos de la edad en la piel de su mujer. Aquella piel tantas veces compartida. Rozada. Sobada. Mordida.

Arañada. Piel que había peleado junta sobre musgo, tierra baldía, ceniza, arenales, sábanas de raso.

- Las llevaba por Sherlock Holmes -respondió-.

Me gustaba su refinada crueldad, el desprecio indulgente con que trataba a Watson y a los criminales, cómo convertía su inteligencia en una ofensa.

Al contemplar la desnudez de su mujer, Manila sintió el temor a que ella lo abandonara en el cielo de la boca, como el garfio de un carnicero. Le sucedía siempre. Bastaba que pensase en su vientre, que cinco años después conservaba todavía una leve cicatriz de la cesárea, para que comprendiera que un día ella podría dejar de amarlo, escapar de su lado, buscar el consuelo de otras manos. Y ese pensamiento resultaba infinitamente más doloroso que la propia muerte.

Imaginar esa cicatriz en los ojos de otro hombre, o recluida en el espejo donde un extraño se afeitaba, se le antojaba la auténtica experiencia del infierno.

La niña estaba viendo la televisión en la cocina. A través de los intestinos de la casa, a través de sus vigas, tabiques y techos se arrastraba y filtraba un zumbido de aquelarre: el zumbido de los muertos, el zumbido de los sicofantes, el zumbido de los legendarios jinetes eléctricos que habitaban -corpúsculo y onda- en el seno de la máquina triste.

Manila pensó en vidas enteras delante de la pantalla, en viajes desde el interior del átomo a la caza de ballenas, desde la conquista de la Vía Láctea al redondo balón de aire y náusea, desde la comunión de las masas al solipsismo más atroz: cambalache de credos, hombres que calzaban zapatillas Nike, mujeres barbudas, niños feroces, bárbaros en las fronteras, luminarias, esvásticas, parusías siempre aplazadas, redención por la imagen, mutaciones en forma de tribus idiotas, dioses hertzianos: velocidad, velocidad, velocidad.

Manila recordó la voz de Olsen diciendo: «Su método es su vocación de matar. Es lo único que sabemos de él».

- Fóllame otra vez -dijo entonces ella levantándose de la cama y tirando de sus patillas inexistentes, su cuerpo desnudo doblándose como papel de dibujo ante el pábilo de una llama; su cuerpo tembloroso, herido, nesciente, maduro; su cuerpo que había sido madre, que había nutrido, que pasaría algún día del otro lado, que acaso recordaría a Manila cierta noche remota como aquel que fue junto a él, bajo él, en él, sobre él; su exacto reflejo, su doble, su sosia, la forma irresoluble de ese acertijo que llaman 'vida'.

- Levántate.



Miró a los ojos del chino y repitió su orden:

- Levántate.

El autobús viajaba atestado y él dio un paso al frente al ver subir a la mujer.

- Mucha otra gente -dijo el chino.

- Levántate -dijo mostrándole al chino dos dedos extendidos-. O te dejo ciego.

El chino pareció encogerse, sus ojos se volvieron flemas acuosas, su tronco tembló como un huevo batido.

La mujer se negó a sentarse cuando él le ofreció el asiento. Se mantuvo hierática como una venus de piedra.

Altiva, insolente, inabordable.

- ¿Por qué? -preguntó él.

Ella no respondió, mientras el chino la observaba con temor y reverencia.

- ¿Por qué? -repitió él mirándola a los ojos con una fijeza que la mujer no podía acatar.

Era como si la mirara el muñeco de un ventrílocuo.

O un hombre muerto en un daguerrotipo del año 1900.

La máscara en yeso de alguien que atesoró un corazón terrible hace muchos años.

Luego aflojó la mirada y movió la cabeza y avanzó su mano derecha y tocó con el dorso de su mano el vientre de la mujer y se giró camino de la puerta y la gente se abrió ante él como aseguran viejos textos que las olas del mar Rojo lo hicieron ante Moisés.



Manila estudió las nueve fotografías extendidas como naipes macabros. Seis hombres y tres mujeres.

Ancianos, de mediana edad, jóvenes, un adolescente.

Gordos y flacos. Feos y una hermosa puta. Altos, bajos, de complexión atlética, de biotipo leptosómico.

Distintos colores de pelo; distintos colores de ojos; distintas formas de vida. Personas con dinero, personas sin él. Un diorama de posibilidades. Una ruleta rusa. Azar. La necesidad del azar. El destino entendido como necesidad. La vida asumida como destino.

La urdimbre de la vida.

Encendió la radio.

Glenn Gould interpretando a Bach. Pensó en la belleza. En su inutilidad frente al mal. Cimabue vencido por Gilles de Rais. Beethoven pisoteado por Hitler en Auschwitz. Versos de Rimbaud abrasados en Hiroshima. El aria final de las 'Variaciones Goldberg' no le trajo la calma. Así que volvió a las fotos.

El instrumental del horror era amplísimo: navajas para rasurar el vello púbico, corbatas para estrangular, una Star del calibre 9, un bote de ácido para desfigurar un rostro, un hacha para decapitar al adolescente.

Manila dejó el despacho a las diez, pidió un taxi, habló de fútbol con el conductor y al llegar a casa se sintió razonablemente reconciliado con la vida.

En la cama, tras la cena, ella le contó la aventura del autobús con el chino y con el hombre.

- Pasé mucho miedo -dijo-. Sobre todo cuando me tocó el vientre.

Esa noche Manila soñó que se ahogaba dentro de la matriz de su mujer. D

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