
En fin, pasemos a los hechos. El día 28 salíamos del campo base, con buen tiempo y buen ánimo, los siete componentes de la expedición con el objetivo de alcanzar la cumbre. Cuando ascendíamos hacia el campo uno, por mi cabeza rondaba todo el largo camino y las grandes dificultades que habríamos de superar. Eso, sin contar con que habíamos equipado los dos primeros campos de altura, pero aún debíamos instalar el campo tres de camino a la cumbre. Era mucho el trabajo en altura que nos esperaba, aunque este deporte se fundamenta en la paciencia y el esfuerzo. En el caso concreto de esta montaña, con el añadido de una dosis elevada de autoprotección, pues es muy traicionera y te sorprende con fuertes y repentinos cambios de tiempo que no perdonan.
Así, cada uno con su tema en la mente, fuimos ascendiendo hacia el campo uno. Sería el último lugar donde podríamos comer y beber con cierta comodidad. Al siguiente día madrugamos bastante con la intención de aprovechar las buenas condiciones de la nieve y no desgastarnos para las jornadas sucesivas.
Llegamos al campo dos al mediodía y rápidamente nos concentramos en descansar y beber, ya que sabíamos que la siguiente etapa resultaría clave. Salimos también muy temprano y empezamos a escalar y a fijar cuerda para el descenso. La altura se hacía notar y había que esforzarse para avanzar y tratar de instalar el campo cuanto antes, pues nos hallábamos en un espolón de hielo, roca y nieve y no había muchas posibilidades de colocar tiendas allí.
La tarea fue agotadora, pero estábamos ya por encima de los 7.200 metros de altitud. Eran las dos de la tarde y todavía no habíamos alcanzado la zona donde pretendíamos instalar el campo. Una hora más tarde encontramos unas pequeñas plataformas donde a base de trabajar con los piolets y las palas conseguimos montar en una hora nuestras pequeñas tiendas. Nos sorprendió la tormenta justo entrando en el interior de las mismas. Qué alivio.
El viento era muy fuerte y las anclamos con todo lo que teníamos a nuestro alcance. Comenzó la tediosa tarea de fundir nieve para hacer agua. Las labores en estos casos se reparten por parejas: uno funde y el otro prepara algo de comida a base de embutido, queso y galletas. Luego viene la sopa o el puré de patatas con una ampolla de aceite virgen. ¿Qué invento esto de las ampollas!.
Un saco para dos
Después de comer y sobre todo hidratarnos nos tapamos con el único saco de dormir que teníamos. Habíamos decidido llevar uno por pareja para aligerar peso. Estamos prácticamente vestidos con nuestro buzo de plumas y calzados con los botines de las botas de altura, que previamente hemos dejado a la entrada de la tienda con los crampones puestos para ganar tiempo y evitar engorro a la hora de calzarnos.
Eran las siete de la tarde cuando empezó a oscurecer y el frío nos entraba por todas partes. Nos apretamos para darnos más calor. Programé la alarma del reloj para la una de la madrugada. Nuestra intención era salir hacia las dos. Casi cada media hora me parecía que había llegado la hora y que me iba a dormir, pero seguía en la zozobra del duermevela.
A la una encendí mi linterna y arranqué el hornillo de gas, que estaba completamente helado. Ese ruidillo del quemador parecía que también me calentaba a mí. Sentía cómo la nieve se iba derritiendo y el tedio de todas estas maniobras. ¿Por qué me gustará a mí todo esto?, me pregunto.
Poco a poco nos pusimos en marcha. Todo discurría a cámara lenta. Hacía mucho frío. A las dos y media de la madrugada salí por la puerta de la tienda y comencé a crujir el hielo. Sentía cómo las puntas de mis crampones lo rompían sin piedad, para mi seguridad. ¿Qué difícil era empezar! Menos mal que ya me conozco cada una de las sensaciones y eso me ayuda a soportar toda esta lucha.
Después de superar unos muros de hielo y nieve de unos 50 grados bajo cero, desembocamos en una zona mixta de roca y hielo. Fuimos sorteando las dificultades hasta llegar a la zona de la travesía (punto clave). Aquí nos dimos la vuelta hace un par de años. Se trata de una travesía sobre nieve inestable de unos 200 metros, con una pendiente de 45 grados. La flanqueamos con decisión. No estaba en muy malas condiciones.
La luz del amanecer
Comenzaba a amanecer y el alivio era increíble: luz, vida, calor. Todos nos quejábamos de lo mismo (el frío). Los dedos de los pies y de las manos casi no se sentían. Había que hacer un ejercicio de automasaje interno, moverlos constantemente como un reflejo. Era la única manera de evitar males mayores. Después de superada la travesía todavía nos íbamos a encontrar con otros problemas.
La montaña estaba muy venteada y eso era bueno y malo al mismo tiempo; bueno porque no había que abrir huella (con el esfuerzo que ello supone a casi 8.000 metros), pero por otro lado deberíamos flanquear laderas heladas con la máxima atención para no sufrir un patinazo. Fue precisamente lo que le ocurrió a un escalador checo que nos acompañaba. Perdió el equilibrio y le vi deslizarse ladera abajo hacia el vacío. Por suerte para él, una pequeña protuberancia de nieve y su pericia le permitieron detenerse cien metros más abajo. Le preguntamos cómo estaba y nos respondió que bien, aunque tardó más de diez minutos en ponerse en acción. Debía de tener el corazón a punto de estallar.
Un cadáver y la cima
Después de estos flanqueos en hielo nos dirigimos al corredor que conduce a la arista cimera. Es un canalón de unos 200 metros y 45 grados de pendiente que conduce directamente a la arista. El tramo final es espectacular: clavas el piolet en la cresta y te hincas sobre él para subir una pierna en el plano de la cresta. Según estaba haciendo esta operación vi un cuerpo tendido delante de mí. Era un escalador suizo que murió de agotamiento años atrás. Ya sabía de su existencia, pero no deja de impresionarme.
Camino 50 metros sobre roca hacia la cumbre. Son las doce del mediodía, aproximadamente, y el termómetro marcaba 26 grados bajo cero. El viento era fuerte y mi alegría también, pero en mi pensamiento estaban los amigos que esta montaña se ha tomado: la francesa Chantal Mauduit en 1998 y el navarro Ricardo Valencia en 2007. ¿Qué amargo y qué dulce resulta a la vez! Mi corazón está con ellos y con sus familias.
El descenso os lo contaré en otra entrega, porque es mucha la tela que cortar.





