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04.05.08 -

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A medida que pasan los años, pesan más los kilos; circunstancias que, unidas al inicio del calor, hacen que los filósofos paseantes de la Escuela Peripatética de Caleya prefieran cada vez más las sillas y taburetes del chigre que frecuentan. Allí precisamente, en la Sidrería Platón (llamada así también por su excelente plato del día), pude hacer las veces de escriba sentado para luego transcribirles este fragmento de conversación:

-Hay que ir pensando en despedíse de la temporada del oriciu. Partir ye morir un poco, aunque en esti casu sean los equinodermos los que se van. Bueno, los que lograron evitar nuestra voracidad y quedar pa siempre en esti cementeriu de oricios que tenemos por barriga -comentó Ramón, el Epicuro de Gozón, que remató las últimas palabras mientras acariciaba con fruición el air-bag de su tripa. Intervino luego la filósofa esotérica Sibila, la bruja del Natahoyo:

-Tranquilos, colegas, que la preocupación por la partida oricíaca no os haga mella, puesto que en mi bola de cristal he podido ver con nitidez que las costeras del chipirón de potera y del bonito del Norte serán espléndidas. La naturaleza es sabia.

-¿Serióla!... Una naturaleza realmente sabia jamás permitiría que unos mindundis como nosotros estemos empecinados en acabar con ella a pasos agigantados. Claro que también es cierta la paradoja de que ella misma ha permitido que la evolución produjera especímenes más tontos que Abundio, que el que asó la manteca, e incluso que George Bush. Han sido, son y serán tantos los memos, que si tuviera que resumir la historia de la humanidad en una obra, no dudaría en el título que ponerle: 'El Memorándum' -fue el turno de Dalmacio el Cínico.

-Comprendo y comparto tu aversión al presidente norteamericano, al que siempre comparo con Atila, el huno bautizado como el azote de Dios, sólo que Bush me parece muchísimo menos listo: el zote de Dios. Pero no parece prudente cargar las tintas contra alguien que no deja de ser un títere manejado por las multinacionales petroleras o de armamento -dijo el historiador Polibio de las Peñamelleras.

-Menos mal que, aparte del amor y de otras exquisieces culinarias, siempre nos quedan la coña y la imaginación, esos mecanismos imprescindibles para mitigar el entorno hostil. Desde tiempo ha, supongo, puesto que es fácil imaginarse a prehistóricos en una cueva, reunidos en torno a una hoguera, gruñendo batallitas, haciendo el amor o contemplando cómo el artista tribal pintaba los primeros cómics en las paredes -concluyó Coñágoras.

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