Para nada: lo que entiendo que pretenden los cangueses, alcalde, concejales y ciudadanos de a pie es que en el Estatuto figure un reconocimiento expreso de algo que su ciudad tiene desde antiguo y que de manera preocupante va cayendo en el olvido. Últimamente, cuando se habla de la Reconquista y de sus comienzos da la sensación de que se hace con miedo a molestar a quienes, bien es verdad que con más derecho a opinar que acierto en sus planteamientos, defienden que expulsar a los árabes fue un error, incluso una agresión, y que lo procedente habría sido transigir con su presencia y dominio.
Disquisiciones al margen, la Historia es la Historia y Cangas de Onís protagoniza un capítulo que quizás se imponga explorar más pero sobre todo, se impone preservar, defender y, como estamos en tiempos de materialismo, capitalizar. Reconocerle a la ciudad el rango que ostenta, no será sólo un destello de Justicia sino también una aportación a la imagen del Principado que lo podrá exhibir entre sus activos y atractivos, y un estímulo a la economía regional, no sólo local, cada vez más dependiente del turismo.
La reivindicación tropieza con una realidad deplorable. Las autonomías nacieron para descentralizar el Estado y, paradójicamente, uno de sus fallos es estar generando un nuevo centralismo en su ámbito geográfico no menos deplorable que el superado. Asturias no es una excepción. Oviedo, una ciudad por tantos motivos admirable, monopoliza la mayor concentración de centros administrativos y de poder que cabe enumerar: el Gobierno, la Junta, los tribunales de Justicia, la delegación del Gobierno central, la Universidad, la Fundación Príncipe de Asturias todo.
Y sin embargo, no faltan voces sin sentido de la equidad y de las perspectivas de desarrollo global, que defienden esta anormalidad, que se oponen a que se vea alterada y que, si de ellos dependiera, incrementarían trasladando las lonjas del pescado hasta la misma plaza de la Escandalera. Se vio recientemente con la construcción en Avilés del edificio Niemeyer. Una anormalidad agravada si recordamos que en 30 kilómetros alrededor hay varias ciudades susceptibles de participar en el reparto de sedes y servicios que la sensatez sugiere.
Un reparto de sedes y servicios que no sólo ayudaría a que estas localidades -Gijón, Avilés, Langreo, Mieres o Pola de Siero- aumentasen su actividad sin causar trastornos a los ciudadanos: también contribuiría a descongestionar el centro de Oviedo y a mejorar su condición de ejemplo de ciudad cómoda y habitable que ha conseguido alcanzar. La propuesta de Cangas de Onís, que imagino suscribirá con similares argumentos Pravia en su calidad de segunda capital de España, tiene un añadido que también se impone destacar.
Cangas de Onís no pretende quitarle nada a nadie, no aspira a llevarse a su término municipal ningún organismo que ya tenga su sede -aunque bien podría hacerlo y razones para reivindicarlo tampoco le faltan-, simplemente aspira a que se le reconozca lo que le es propio y, además, con lo que mejor puede contribuir a sacar a Asturias de su ensimismamiento. Desde luego, una reivindicación más sensata, justa y pragmática que algunas aldeanadas con boina del centralismo más rancio, desfaso y caciquil que queda y que también se están haciendo oír por ahí.





