La historia está llena de intervenciones milagrosas inesperadas. También hay en la historia visionarios o talentos racionales a los que no les hace caso nadie. John Maynard Keynes nació el mismo año que murió Marx, lo que no representa más que una paradójica coincidencia. El hombre se dedicó a las matemáticas y las nuevas ciencias económicas cuando éstas representaban casi exclusivamente los textos de Adam Smith y David Ricardo.
Pero entonces llegó el 'crack' bursátil y Keynes tuvo donde morder. Propuso sacudir las estructuras económicas desde sus cimientos, darle la vuelta a lo establecido y saltarse las leyes programadas por la economía capitalista imperante, las del mercado, sin apenas intervención del estado.
Sus postulados fueron acogidos con más miedo que sorpresa. Girar las tuercas a determinadas estructuras, hasta ajustarlas, puede resultar estimulante, pero empezar de cero, no supone atractivo suficiente para las rígidas mentes que ponen en juego, piensan, sus propios y hambrientos bolsillos, amén de los bolsillos ajenos.
La sabiduría convencional se aferraba a que, una vez sorteada la peor ola crítica, el mercado terminaría por recuperarse a largo plazo. «A largo plazo todos estaremos muertos», sentenció Keynes. Su observación causó, no obstante, cierto revuelo y pudo ver convertidas en realidad algunas de sus ideas en el plan de emergencia que diseñó el presidente Roosevelt y su 'gabinete de cerebros'.
El conocido como New Deal troceó un poquito de cambio y un poquito de lo de siempre, con el fin de no provocar revoluciones de distinto pelaje y peligro. Logró sus objetivos, al menos, a corto plazo. Con esto, Keynes bautizó toda una corriente de economía política, sino la economía misma.
Ahora, en este siglo de relucientes globalizaciones, las economías emergentes surgen de estados autoritarios que tienen en un puño las teorías tradicionales. Tambaleándose el mercado norteamericano la crisis se forja ahora en horizontes hipotecarios y préstamos cero. El ajuste de cuentas, aquí, puede tener también una traducción mafiosa, pero mejor lo dejamos ahí. Mientras, andamos pendientes del euríbor, la revuelta del arroz y las más que evidentes recesiones económicas.
Por si acaso, estemos pendientes de los visionarios, los más extravagantes, los menos reconocidos. Puede que asistamos a otro de esos quiebros legendarios que forjan las revoluciones sociales.





