
FRANCISCO JOSÉ REY Y NOELIA
Vecinos de La Florida
«Estás agobiado entre edificios»
Francisco José Rey de la Iglesia y Noelia Fernández llevan en el primitivo barrio de La Florida, donde muchas de las calles tienen nombres de reyes, una treintena de años, tantos como tienen. Sus familias viven allí desde mucho antes. «Esta casa la hizo mi abuelo, que vino de Ules. Mi padre, entonces, tenía 4 años», recuerda ella. Los padres de él, originarios de Galicia, se instalaron en un piso cercano. Y allí se conocieron. Hoy tienen un hijo y esperan una niña. «Saúl fue el último niño que nació aquí», apunta él, sino llegan a un acuerdo con la promotora Sedes para su realojo antes de que nazca la pequeña. Sólo quedan tres meses de embarazo y confían arreglarlo antes. La mayoría de propietarios e inquilinos lo han alcanzado ya, como la madre de Francisco José, encantada con su piso de 90 metros cuadrados.
Son, junto con otros dos vecinos, los últimos en irse de Los Reyes, donde comenzó a hablarse de planes urbanísticos y realojo de vecinos a finales de los setenta. Han sido décadas de negociaciones en las que no merecía la pena gastarse el dinero en obras para adecentar unas casas destinadas a desaparecer. Y claro, al final, uno acaba cansándose de desperfectos y de parches provisionales. «No podemos hacer arreglos desde hace años», comenta Francisco José, mientras juega con Saúl. «Por una parte, te da pena dejar la casa, y por otra, tienes ganas de que se acabe todo». A su vivienda de la calle Urogallo le hace sombra uno de los inmuebles que se alza sobre él, casi insolente, en el paseo de La Florida. «Estás agobiada, encajonada. Haces una parrilla y los ahumas -señala al próximo edificio-. Ya no hay prados», añade Noelia.
La piqueta caerá cualquier día sobre Los Reyes. Es inminente, como ya confirmó Sedes. Tardará más en La Tenderina. De momento, el Ayuntamiento aprobó en marzo el plan especial que transformará los prados, solares, caserías y casitas de no más de dos plantas en 1.440 pisos, un 10% de ellos de protección.
Los viejos parajes donde un día se celebró el mercado -de ahí el nombre de El Mercadín- conservan todavía el sabor a verde. Una «asturiana que vive en Madrid», y que prefiere mantener el anonimato, poda los arbustos que rodean y protegen su casa de ojos indiscretos. Asume que la ciudad crece y se extiende hasta las aún vírgenes afueras. Pero no que se construyan edificios altísimos «pegados unos con otros». Defiende un urbanismo para la zona con «tres o cuatro pisos, donde dejen verde y jardínes». Lo que llaman urbanismo sostenible.
Le duele que destrocen el lugar donde ya vivían sus tatarabuelos en 1808, donde se conserva alguna casa de aquella misma época y donde un día hubo un robledal vastísimo. Actualmente, añade, «sólo quedan tres ejemplares». Y no culpa sólo a las constructoras y las autoridades del urbanismo desaforado. También, a los ciudadanos. «Hoy a la gente sólo le importa el coche y el piso». Todavía, augura, el plan especial de La Tenderina tardará en desarrollarse. Aunque algunas viejas casas ya están abandonadas, preparadas para su desaparición.
ISAAC, EDUARDO Y RAMÓN
FERREROS
«Esto desaparecerá tarde o temprano»
'U. G. Ferreros 1. Próxima construcción de viviendas'. Detrás del cartel hay un montón de zarzas y algunas casas bajas. En su lugar están previstas 161 viviendas en bloques de siete alturas y más de 200 plazas de aparcamiento. De hecho, a estas alturas, tenían que estar «los pisos hechos» y «las llaves entregadas». Quien habla es Isaac Vázquez, jubilado. Prácticamente todos los días se acerca a la casita que tiene enfrente, para ver cómo van los tomates que tiene plantados y lavar el coche.
Su propiedad no está dentro de la urbanización citada, pero conoce el caso de familias afectadas, a las que incluso les llegó a finales de 2006 una carta anunciándoles la expropiación de sus bienes. «Quieren darles cuatro perras. A una mujer le ofrecieron 14 millones de pesetas (84.000 euros). ¿Dónde vas hoy en día con 14 millones?», se pregunta.
Isaac explica por donde va a ir el vial, las glorietas Frente a él están las nuevas urbanizaciones de Ferreros 2 y 3. A un lado, Ferreros 1. A su espalda, una hilera de casitas, la suya entre ellas. «Esto pertenece al polígono industrial. Ahora están negociando las empresas, para un posible traslado al Polígono de Olloniego», explica Eduardo Alonso, un amigo suyo mucho más joven. Cerca de ellos, casi desperezándose, se asoma a la ventana Ramón González. «Todavía no se sabe nada de lo que pasará con nuestras viviendas, tardará», dice. Pero, como añade Isaac, llegará «tarde o temprano. Esto se sabe que va a desaparecer». Aplica la lógica. Sólo hace falta ver la evolución constructiva de la zona: los grandes van comiendo el terreno a los pequeños. Y a mordiscos ha desaparecido prácticamente el descampado, con riachuelo incluido, donde jugaba de pequeño Ramón.
JOSÉ VALLEDOR
San Lázaro
«Nos ofrecieron un piso y hay cuatro»
El matrimonio, hace ya 36 años, llevó a José Valledor desde Teatinos a San Lázaro. Y allí sigue en la misma vivienda de dos plantas. Es tan pequeña y baja, que parece mentira que quepan cuatro pisos. Pero caben y, según asegura asomado a la ventana, a sus habitantes no les faltan comodidades. Pero es consciente de que, al final, la piqueta 'visitará' las afueras de la ciudad. Ya llegó a Armando Collar, donde el plan aprobado el año pasado por el Ayuntamiento habla de 300 viviendas en bloques de cuatro alturas. Muy cerca de allí está el antiguo instituto de San Lázaro, donde está prevista una torre, casi un rascacielos, proyectado por el arquitecto Patxi Mangado.
Es consciente de que su casa y las cuatro cercanas que resisten en medio de altos inmuebles tendrán que caer. Otros vecinos han llegado a acuerdos y las han vendido. Pero tiene claro que él y su familia no se irán a cualquier precio. Hace 10 años, recuerda, una constructora les tanteó: «Nos ofreció un piso y aquí hay cuatro. Si nos dan una vivienda a cada uno, aceptaremos. Pero no nos vamos a quedar en la calle para que ellos hacen negocio».





